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La Hora de Jesús

Meditación sobre Jn 13,1-20

San Juan abre su Evangelio con un prólogo en el que hace una síntesis admirable del misterio de Jesucristo. También con un prólogo, esta vez más breve, nos introduce en el relato de la Pasión y Resurrección de Jesús. La fiesta de la Pascua judía, que era la conmemoración de la liberación de la esclavitud de Egipto, hace de fondo al relato de la Cena de Jesús, que sabe que ha llegado su Hora.

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su Hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

Es la Hora que la humanidad esperaba desde que el pecado del origen lo encerró todo en el ámbito de la muerte y transformó la creación en un gigantesco sepulcro al que, generación tras generación, los hombres iban pasando para no salir jamás. Jesús va a abrir el camino para que todo el que quiera seguirle pueda pasar de este mundo al Padre.

Los amó hasta el extremo. En el Corazón de Jesús habita la plenitud del Amor con el que Dios nos ama. En ese amor Jesús nos llevará al Padre; sólo Él puede hacerlo; los demás amores, por muy sinceras promesas de «para siempre» que nos hayan hecho, sólo pueden llevarnos al sepulcro.

   El amor de Jesús nos llena el corazón de paz: pase lo que pase en nuestra vida, Él siempre nos amará hasta el extremo. Ser cristiano es vivir en el amor que Jesucristo nos tiene. Edificar la vida sobre ese amor. Dejar que su amor nos llene el corazón de gozo. Y permanecer en el amor de Jesús guardando sus palabras.

Ahora el evangelista comienza el relato de lo sucedido en el Cenáculo:

Durante la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle, sabiendo que el Padre lo había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y tomando una toalla se la ciñe; luego echó agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido.

Ha llegado la hora en la que ese personaje siniestro, lleno de odio a Dios y al hombre que es el diablo, va a poner en el corazón de Judas el propósito de entregar a Jesús. Se acerca lo que Satanás piensa que es la hora de su triunfo. Pobre.

   Jesús sabe que el Padre lo ha puesto todo en sus manos; sabe que ha salido de Dios y a Dios vuelve; sabe que ha venido al mundo, enviado por su Padre, para realizar la Redención; y sabe que va a volver a Dios llevándonos con Él. Éste es el servicio que Jesús, el Siervo, nos hace. En este horizonte hay que entender este gran signo del que nos habla San Juan.

   Porque, en esa Hora dramática, Hora escatológica en la que está en juego la Salvación del mundo, ¿qué hace Jesús? ¿qué hace para dejar claro que el Padre lo ha puesto todo en sus manos? ¿qué hace que pueda dejarnos como recuerdo de la grandeza de su misión? Algo completamente asombroso: lavar los pies de sus discípulos.

   Jesús nos está dando la clave de su Pasión, que no es el sufrimiento, sino la humildad amorosa, obediente y agradecida a su Padre Dios. La humildad del lavatorio de los pies es la puerta por la que Jesús entra en su Pasión. ¿Y Satanás piensa que tiene algún poder en este misterio de Amor que se desarrolla entre el Padre y el Hijo? Pobre. ¿Y Judas, Caifás, Pilatos, Herodes y tantas otras marionetas como aparecen en los relatos de la Pasión piensan que tienen aquí algún poder? Pobres. Y pobres en un sentido más triste que Satanás, porque el poder que tenemos los hombres en esta Hora de Jesús es el de ser amados hasta el extremo por el Padre, que nos da a su Hijo, y por Jesucristo, que nos da su vida.

El relato continúa:

Llega a Simón Pedro; éste le dice: “Señor, ¿tú lavarme a mí los pies?” Jesús le respondió: “Lo que Yo hago, tú no lo entiendes ahora; lo comprenderás más tarde”. Le dice Pedro: “No me lavarás los pies jamás”. Jesús le respondió: “Si no te lavo, no tienes parte conmigo”. Le dice Simón Pedro: “Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza”. Jesús le dice: “El que se ha bañado, no necesita lavarse; está del todo limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos”. Sabía quién le iba a entregar; por eso dijo: No estáis limpios todos.

Jesús le pide a Pedro que confíe en Él y sea paciente; ya llegará la hora en que entenderá lo que Jesús hace. Como Pedro no escucha, lo que Jesús le dice es terrible: “Si no te lavo, no tienes parte conmigo”. Con Jesús siempre es así: Él es el Siervo que ha venido al mundo a lavarnos del pecado con su Sangre; no llegaremos a tener parte con Él si antes no nos dejamos lavar. La visión del libro del Apocalipsis lo expresa admirablemente:

Después miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, de pie delante del Trono y el Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritan con fuerte voz:

“La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el Trono y del Cordero”.

Y todos los Ángeles que estaban en pie alrededor del trono de los Ancianos y de los cuatro Vivientes, se postraron delante del Trono, rostro en tierra y adoraron a Dios diciendo:

“Amén. Alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza, a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén”.

Uno de los Ancianos tomó la palabra y me dijo: “Esos que están vestidos con vestiduras blancas ¿quiénes son y de dónde han venido?” Yo le respondí: “Señor mío, tú lo sabrás”. Me respondió: “Esos son los que vienen de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la Sangre del Cordero. Por esto están delante del Trono de Dios, dándole culto día y noche en su Santuario; y el que está sentado en el Trono extenderá su tienda sobre ellos. Ya no tendrán hambre ni sed; ya no les molestará el sol ni bochorno alguno. Porque el Cordero que está en medio del Trono los apacentará y los guiará a los manantiales de las aguas de la vida. Y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos”.

Pedro entiende que Jesús habla en serio cuando le dice que, si no le lava, no tendrá parte con Él. Y Pedro tiene claro que la vida sin Jesús no tiene ningún sentido: está marcada con el sello de la muerte eterna. Por eso su reacción.

   El drama de Judas es que lleva años oyendo a Jesús, pero no ha conocido que sus palabras son palabras de vida eterna y no les ha abierto el corazón; no se ha dejado purificar y transformar por la Palabra del Señor. ¿Por qué? Sólo Dios lo sabe. ¿Por avaricia, por motivos políticos o religiosos? Realmente no importa mucho. Importa que no se ha bañado en el amor de Jesús del que sus palabras son portadoras, que no ha lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la Sangre del Cordero. Jesús lo sabe. Y sabe que le entregará.

Jesús inicia el largo discurso que, con algunas intervenciones puntuales de sus discípulos, le va a llevar a la oración que será la puerta por la que entrará en la Pasión:

Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa, y les dijo: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor y decís bien, porque lo soy. Pues si Yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como Yo he hecho con vosotros”.

No, no pueden comprender lo que Jesús ha hecho. ¿Cómo podrían? Sólo podrán comprender a Jesús una vez que haya pasado de este mundo al Padre y les haya enviado el Espíritu de la verdad para  guiarlos hasta la verdad completa de lo que ha hecho y dicho. No hay acceso al Misterio de Jesucristo de otro modo.

Jesús comienza la explicación de lo que ha hecho con ellos con una declaración solemne: Él es el Señor y el Maestro. Y les deja su ejemplo para que lo imiten. Jesucristo es la referencia de vida del discípulo. La única referencia.

   Jesús ha dejado un ejemplo de servicio humilde, en el que los discípulos de todos los tiempos pueden imitarlo. Porque es un servicio que se sitúa en el horizonte escatológico, en el ámbito de la Redención, por eso es un servicio que Jesús tiene con cada uno de nosotros. Porque se sitúa en el horizonte de las realidades últimas, es un signo que contiene el misterio de su vida y que se graba profundamente en el corazón de los suyos. Por ese sello podrán ser conocidos como sus discípulos.

   Además de dejarnos un recuerdo imborrable –y un ejemplo para que le imitemos–, lavando los pies de sus discípulos Jesús ha realizado una profunda revolución social. En todos los tiempos y en todas las culturas ciertos trabajos han estado reservados a los esclavos. Ya no. Desde esta Hora ya no hay tareas indignas. Todo servicio que lleve el sello del lavatorio de los pies es realizado por el Hijo de Dios Encarnado, da gloria a Dios y coopera en la obra de la Redención. Ya nadie trabaja solo; ningún servicio, por humilde que sea, se pierde. Jesús manifiesta el poder que ha recibido del Padre como servicio; y revela la dignidad de todo trabajo humano. Jesús realiza la tarea encomendada al esclavo y la transforma; así confiere, al que la realiza, la dignidad del hijo de Dios. Qué poderosa revolución.

Jesús se expresa ahora de forma solemne: 

“En verdad, en verdad os digo: no es más el siervo que su amo, ni el enviado más que el que le envía. Sabiendo esto, bienaventurados seréis si lo cumplís. No me refiero a todos vosotros; Yo conozco a los que he elegido; pero tiene que cumplirse la Escritura: «El que come mi pan ha alzado contra mí su talón». Os lo digo desde ahora, antes de que suceda, para que, cuando suceda, creáis que Yo Soy”.

El horizonte para comprender las palabras de Jesús es su propia vida. El Señor nos está hablando de su relación con el Padre. Jesús es el Hijo enviado para llevar a cabo la obra que su Padre le ha encomendado realizar. Su servicio es nuestra salvación. En esa dinámica nos introduce. Del mismo modo que Dios le envío a Él al mundo, así Él envía a sus discípulos para llevar a plenitud su obra de Redención. Lo esencial en la vida del discípulo es saberse enviado y vivir al servicio de la misión. Así llegará a ser bienaventurado.

   El Señor no habla de todos sus elegidos. Los ha elegido a todos y cada uno por amor, pero uno va a rechazar ese amor de predilección. A Jesús no se le va a ahorrar el sufrimiento de que sea uno de los que Él ha elegido, de los que sienta a su mesa, de los que ha introducido en su convivencia familiar, el que lo entregue.

   La traición de su discípulo no le va a sorprender; le va a doler como no podemos imaginar, pero no le va a sorprender. Para que no sorprenda a los demás, les avisa: tiene que cumplirse la Escritura; es decir, todo está contemplado en el designio salvador de Dios. Judas le está escuchando. El modo tan delicado que tiene Jesús de tratar el tema de su traición es un mensaje, uno más, para que recapacite. Será en vano.

Jesús quiere fortalecer la fe de sus discípulos; que no se hundan cuando llegue la Pasión ya inminente. Por eso les previene, para que, cuando suceda, creáis que Yo Soy. La fe de los suyos se fortalecerá si creen que es de Él de quien hablan las Escrituras; que es el que viene a cumplirlas; que todo lo que a le va a suceder responde al designio salvador de Dios.

   De un modo que humanamente resulta incomprensible, es la Pasión lo que hace posible creer en Jesús y lo que fortalece la fe en Él. La Pasión de Cristo, a la luz de la Resurrección, llena de contenido la fe cristiana. Entonces se puede aceptar en la fe el Yo soy –esta expresión sin complemento contiene todo lo que Jesús ha dicho de Él en el Evangelio–.

   Sin la Pasión no habría cristianismo; Jesús no sería el Redentor y seguiríamos en nuestros pecados, arrastrando cada uno todo el mal hecho porque Cristo no lo habría expiado; estaríamos solos con nuestros sufrimientos, porque Dios no habría padecido con nosotros en su Hijo encarnado; la muerte seguiría teniendo la última palabra, porque no habría sido vencida por la muerte de Cristo; Satanás seguiría siendo el príncipe de este mundo, porque no habría sido echado fuera con la humildad y la obediencia de la Cruz; no habría Resurrección ni, por tanto, nueva creación, ni filiación divina, ni participación en la vida eterna.

   La Pasión revela el abismo de maldad del pecado y da sentido al sufrimiento haciéndonos capaces de padecer con Cristo; la verdad y la justicia, que en este mundo parecen tan débiles, se manifestarán como las realidades más fuertes.

   Sin la Pasión no conoceríamos el amor que Jesús tiene a su Padre y el que el Padre le tiene a Él; ni sabríamos del amor que el Padre y el Hijo nos tienen a cada uno. Sin la Pasión no habría cristianismo; habría, todo lo más, un cierto buenismo impregnado de terminología cristiana; una variante más de la religión natural.

   La elevación del Hijo del hombre en la Cruz y luego en la gloria del Padre revelará su origen divino. Nos hará capaces de creer en Cristo Jesús. Sólo si el hombre que dice Yo Soy es el Hijo de Dios puede ser el Salvador.

Jesús termina con un palabra admirable:

“En verdad, en verdad os digo que quien recibe al que Yo enviare, a mí me recibe, y el que me recibe a mí, recibe a quien me ha enviado”.

Con qué armonía y suavidad fluye el pensamiento. Y qué profundo es lo que nos dice: el que acoge al que Jesús envía, acoge a Jesús; y el que acoge a Jesús, acoge al Padre que le ha enviado. Éste es el misterio de la Iglesia. Somos cristianos porque hemos recibido a los que Jesús nos ha enviado para entregarnos el Evangelio. Así le hemos recibido a Él y, recibiéndole a  Él, hemos recibido a su Dios y Padre. Por eso podemos rezar el Padrenuestro. Todo es cuestión personal. Qué decisivo es acoger al que el Señor nos envía. Y qué honor y qué responsabilidad tan grande saberse enviado por Jesucristo.

   En último extremo, lo que mueve el Corazón de Dios es el deseo de introducirnos en su comunión de vida y hacernos felices. A todos. Plenamente. Para siempre. Esa es la esperanza de la Santísima Trinidad.

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