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La conversión de san Pablo

Meditación sobre Ga 1,1-24


San Pablo abre la Carta a los Gálatas con la clara conciencia de su elección y con una admirable síntesis de la Redención:


Pablo, apóstol, no de parte de los hombres ni por mediación de hombre alguno, sino por Jesucristo y Dios Padre, que le resucitó de entre los muertos, y todos los hermanos que conmigo están, a las Iglesias de Galacia. Gracia a vosotros y paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo, que se entregó a sí mismo por nuestros pecados, para librarnos de este mundo perverso, según la voluntad de nuestro Dios y Padre, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.


La salvación nos viene por la entrega que Jesucristo hace de su vida para hacernos hijos de su Padre Dios. Pero no ha sido iniciativa suya, sino obediencia a la voluntad de su Padre Dios. Resucitándolo de entre los muertos, el Padre manifiesta que ha aceptado la ofrenda de su Hijo, que lo ha hecho todo para darle gloria. Ahora podemos recibir la gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo; y vivir dando gloria a Dios para siempre.

   Pablo termina con un rotundo Amén: ésta es la Redención obrada por Dios, y no hay otra; éste es el Evangelio de Jesucristo, y no hay otro. Pablo ha sido elegido por Dios para llevar el Evangelio al mundo. Con su ejemplo y sus Cartas sigue realizando hoy la misión que Jesucristo y Dios Padre le encargaron hace tantos siglos.


Después de dibujar con trazo fuerte los rasgos esenciales del Evangelio de Jesucristo, el Apóstol entra de lleno en el motivo de la Carta:


Me maravillo de que abandonando al que os llamó por la gracia de Cristo, os paséis tan pronto a otro evangelio –no que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren deformar el Evangelio de Cristo–. Pero aun cuando nosotros mismos o un ángel del cielo os anunciara un evangelio distinto del que os hemos anunciado, ¡sea anatema! Como lo tenemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os anuncia un evangelio distinto del que habéis recibido, ¡sea anatema! Porque ¿busco yo ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿O es que intento agradar a los hombres? Si todavía tratara de agradar a los hombres, ya no sería siervo de Cristo.


Desde los comienzos de la Iglesia se presentaron los que pretendían llevar a los cristianos a un evangelio distinto del de Cristo. Ésta es la razón de la Carta, en la que el Apóstol deja claro que sólo hay Salvación en el Evangelio de Cristo. A este Evangelio ha llamado Dios a los de Galacia enviándoles a Pablo y sus compañeros. Pablo, que no tiene más aspiración en la vida que ser siervo de Cristo, ha cumplido con fidelidad la voluntad de Dios. Si ahora les predicase un evangelio distinto, se haría acreedor a la maldición de Dios –que es lo que «anatema» significa en este contexto–.

   Si no escuchan la amonestación del Apóstol y rectifican, los gálatas van camino de volver a caer en poder de este mundo perverso; van a hacer ineficaz para ellos la entrega que Jesucristo hizo de sí mismo por nuestros pecados; no participarán de la vida de Cristo resucitado; no podrán vivir para la gloria de Dios.


San Pablo va a detenerse en cómo entró él en contacto con el Evangelio de Jesucristo. Es una emocionante página autobiográfica que empieza por su época de perseguidor de la Iglesia de Dios, período de su vida que duró hasta que, por querer del Padre, se encontró con el verdadero Jesuscristo:


Porque os hago saber, hermanos, que el Evangelio anunciado por mí no es de orden humano, pues yo no lo recibí ni aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo. Pues ya estáis enterados de mi conducta anterior en el Judaísmo, cuán encarnizadamente perseguía a la Iglesia de Dios y la devastaba, y cómo sobrepasaba en el Judaísmo a muchos de mis compatriotas contemporáneos, superándoles en el celo por las tradiciones de mis padres. 

   Mas, cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia tuvo a bien revelar en mí a su Hijo para que le anunciase entre los gentiles, al punto, sin pedir consejo ni a la carne ni a la sangre, sin subir a Jerusalén donde los apóstoles anteriores a mí, me fui a Arabia, de donde nuevamente volví a Damasco. 


Pablo ha comenzado diciendo que su ser apóstol no es cosa de hombres, sino de Dios. Lo mismo dice ahora del contenido de su apostolado, el anuncio del Evangelio. Porque es de Dios nadie, ni él mismo, puede cambiarlo. El Evangelio de Jesucristo no le pertenece. Es más, todo estaba en contra de que pudiera llegar a ser apóstol. El haber sido perseguidor encarnizado de los cristianos –cuánto se arrepintió Pablo y cómo expió este gran pecado el resto de su vida–, es para él una prueba de extraordinario valor de que el Evangelio que ahora anuncia lo ha recibido por revelación de Jesucristo. 

   San Pablo nos deja una preciosa descripción de su vocación, y de la clara conciencia que tiene de que todo viene de Dios Padre que, por pura gracia, tuvo a bien introducirlo en el misterio de su Hijo para para que lo llevara a los gentiles. Es el designio que Dios tenía desde siempre para Pablo, y que lleva a cabo cuando Él quiere. Ahora Pablo comprende que Dios lo tenía reservado desde el seno de su madre para la vocación que ese día le dio a conocer; que todo en su vida –también sus errores– había estado dispuesto –o aprovechado– por Dios para la revelación que iba a hacer en él de su Hijo. 

   El «en mí» expresa la intensidad de la revelación: una comunicación íntima que llegó hasta el centro de la vida del Apóstol. Ese día Jesucristo tomó posesión de Pablo. El Apóstol se esforzará en sus escritos en expresar ese misterio; en esta misma Carta nos dirá:


Con Cristo estoy crucificado: y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí.


Éste es el secreto de la vida del Apóstol. Y ésta es la misión que Dios le encargó cuando le llamó por su gracia: anunciar a Jesucristo entre los gentiles. Por eso, en cuanto Dios obró en él, ya no pidió consejo a nadie. ¿Qué pueden decir los hombres –la carne y la sangre– cuando Dios nos ha revelado a su Hijo y nos ha hecho saber su voluntad? Nada. Y, si los hombres no tienen nada que decir, ¿para qué pedirles consejo? Pablo obró tal como le aconsejó la prudencia, que ahora estaba iluminada con la luz de Dios: sin subir a Jerusalén se fue a Arabia y de allí volvió a Damasco. Continúa:


Luego, de allí a tres años, subí a Jerusalén para conocer a Cefas y permanecí quince días en su compañía. Y no vi a ningún otro apóstol, y sí a Santiago, el hermano del Señor. Y en lo que os escribo, Dios me es testigo de que no miento. Luego me fui a las regiones de Siria y Cilicia; pero personalmente no me conocían las Iglesias de Judea que están en Cristo. Solamente habían oído decir: ‘El que antes nos perseguía ahora anuncia la buena nueva de la fe que entonces quería destruir’. Y glorificaban a Dios a causa de mí.


Pablo reconoce la importancia que tiene Cefas en la Iglesia que, por querer de Cristo, tiene que poner el sello a su predicación. Con Santiago, el hermano del Señor, que tuvo una importancia grande en la iglesia de Jerusalén, Pablo debió estar muy unido. 

   Con qué profundo gozo debió escribir: «y glorificaban a Dios a causa de mí»; qué paz y seguridad en su vocación le debió dar esto. Y la Iglesia ha seguido glorificando a Dios a causa del Apóstol porque, qué asombroso es lo que la conversión de san Pablo ha supuesto para la cristianización de la sociedad; cuánto amor de Dios; cuánta caridad hacia los hombres; qué profundo conocimiento del misterio de Jesucristo; cuántos grandes pensamientos y magnánimas acciones han brotado de la fe de Pablo en Cristo Jesús, el Hijo de Dios que el Padre le reveló en las afueras de Damasco.



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