Meditación sobre Mt 6,5-15
Estamos en el corazón del Sermón del Monte. Jesús nos enseña cómo tenemos que orar:
“Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
Y al orar no empleéis muchas palabras como los gentiles, que se figuran que por su locuacidad van a ser escuchados. No seáis como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo”.
Cualquier sitio es bueno para hacer la oración, porque la oración la hacemos con el corazón y en nuestro corazón, cuando hacemos la oración, está nuestro Padre Dios. Tampoco hay que hablar mucho: Dios Padre nos conoce.
Después de esta enseñanza tan consoladora, ahora Jesús nos enseña lo que tenemos que pedir en nuestra oración:
“Vosotros, pues, orad así:
Padre nuestro que estás en los cielos,
santificado sea tu Nombre;
venga tu Reino;
hágase tu Voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.
nuestro pan cotidiano dánoslo hoy;
y perdónanos nuestras deudas,
como también nosotros perdonamos a nuestros deudores;
y no nos dejes caer en tentación,
mas líbranos del mal”.
Para introducirnos en su oración, para que podamos llamar a su Dios y Padre «Padre nuestro», ha venido el Hijo de Dios al mundo y nos ha dado a participar de su filiación divina. En esta oración está contenida la obra de la Redención. Por eso el Padrenuestro solo se puede rezar con toda seriedad.
Jesús nos dice que le pidamos a nuestro Padre que su Nombre sea santificado. Nosotros no podemos hacer a Dios más santo –solo pensarlo es un despropósito–; lo que sí podemos es que nuestra vida de hijos de nuestro Padre Dios manifieste su santidad. Por eso le estamos pidiendo la gracia necesaria para vivir la filiación divina; así la santidad de Dios iluminará el mundo.
Luego Jesús nos dice que le pidamos a su Padre que venga su Reino. Con esta petición estamos expresando el deseo de que el Reino de Dios venga a este mundo nuestro, tan profundamente marcado por la violencia. Le estamos pidiendo a Dios la gracia para colaborar en la expansión de su Reino, y estamos expresando el compromiso de hacer lo que realmente está en nuestra mano: que Dios reine en nuestro corazón. Este es el único ámbito en el que tenemos autoridad.
En el comienzo de la oración en el Cenáculo, Jesús le dice a su Padre:
“Yo te he glorificado en la tierra llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar”.
Cuando le pedimos al Padre que se haga su Voluntad así en la tierra como en el cielo, le estamos diciendo que queremos recorrer el camino que su Hijo nos ha abierto; que queremos pasar por este mundo llevando a cabo la obra que nos ha encomendado realizar y vivir dándole gloria.
La siguiente petición que Jesús nos invita a hacer es que pidamos a nuestro Padre el pan de cada día. El pan es el símbolo de la vida, y la vida nos viene de nuestro Padre Dios. Le pedimos el pan de trigo, don que nos hace con la Creación y la capacidad que nos ha dado de trabajar; le pedimos el pan de su Palabra y le pedimos el Pan de la Eucaristía. Le pedimos recibir la vida, toda vida, de su mano; cada día. Qué petición tan propia de un hijo.
Después de la vida, el perdón. Jesús nos dice que pidamos a nuestro Padre que nos perdone y que nos dé el poder de experimentar la alegría de perdonar. Esta petición despliega ante los ojos del alma un panorama espléndido; nos lleva a ver nuestra vida con una luz nueva: la luz de la misericordia de Dios, que nos perdona y nos da el poder de perdonar.
Con la última petición, que es doble, experimentamos nuestra vida bajo la protección de Dios. Le pedimos al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo que no nos dejes caer en tentación y que nos libre del pecado, que es el único verdadero mal.
Podemos tener la seguridad de que nuestro Padre nos ha escuchado siempre. Por eso no hemos cometido muchos más pecados en nuestra vida. Si Dios no nos defiende de caer en la tentación, si no nos libra del mal, seremos un juguete en poder del pecado –que tiene una fuerza de inspirar miedo y de seducir terrible– y que nos pondrá a su servicio para que pasemos por la vida haciendo el mal.
Esta petición sobre el perdón es la única que Jesús comenta:
“Porque si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas”.
La misericordia de Dios no solo nos perdona los pecados, sino que nos transforma el corazón: lo hace capaz de perdonar y de alegrarse perdonando; lo hace capaz de vivir la fiesta del perdón, esa fiesta de la que Jesús habla en tantas parábolas admirables.
Si no perdonamos lo que ponemos de relieve es que no hemos abierto el corazón al perdón del Padre. Perdonar es la prueba de que hemos sido perdonados, de que nos hemos dejado introducir por Dios en el Reino de su Misericordia. El perdón de Dios nos hace capaces de perdonar y de experimentar la alegría del perdón.
Derramando su Sangre por el perdón de los pecados, Jesús pone en marcha la revolución del perdón, la única revolución que puede transformar la humanidad en una familia. Las demás revoluciones no han hecho más que grabar, cada vez más profundamente, el sello de la muerte del odio en la historia. Todo el que vive haciendo honor al Padrenuestro pertenece a la revolución del perdón. Puro gozo.
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