Meditación sobre Mt 9,9-13
Estamos en Cafarnaúm. Jesús acaba de perdonar los pecados y curar a un paralítico. El evangelista continúa:
Pasando Jesús de allí, vio a un hombre, llamado Mateo, sentado en el despacho de impuestos, y le dice: “Sígueme”. Él se levantó y lo siguió.
El relato de la vocación de Mateo no puede ser más sobrio. Con Cristo llega el Reino de Dios, y en cada una de sus palabras resuena la última hora. Cuando Mateo escucha a Jesús que le dice: «Sígueme», este hombre descubre que seguir al Señor es lo único que puede llenar de sentido su vida, y abrirla a la eternidad. Por eso su respuesta: «Él se levantó y le siguió». Todo tiene el vigor de lo definitivo que Jesús ha traído al mundo.
¿Qué hubiese sido de este hombre si se hubiera quedado sentado en su despacho de impuestos? No es difícil imaginarlo. Pero se dejó mover por el Espíritu Santo y siguió a Jesús. A partir de ese día su vida fue alucinante: Apóstol y Evangelista, escuchó al Señor día a día durante tres años, y estuvo presente en los grandes acontecimientos de la Redención. Qué gracia tan alucinante. Y este hombre, recaudador de impuestos en un pueblecito junto al mar de Galilea hace dos mil años, es conocido con agradecimiento en el mundo entero. Es el misterio, realmente insondable, del poder de la llamada de Jesús.
Mateo manifiesta la alegría de la vocación con un banquete en su casa, al que vienen sus amigos. Claro. Es un banquete especial, porque la presencia de Cristo lleva a cumplimiento la imagen del Banquete Mesiánico:
Y sucedió que estando Él a la mesa en casa de Mateo, vinieron muchos publicanos y pecadores y estaban a la mesa con Jesús y sus discípulos. Al verlo los fariseos decían a los discípulos: “¿Por qué come vuestro maestro con los publicanos y pecadores?” Mas Él, al oírlo, dijo: “No necesitan médico los que están fuertes sino los que están mal. Id, pues, a aprender qué significa aquello de: «Misericordia quiero, que no sacrificio». Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores”.
Jesús nos revela que ha venido al mundo a traernos la misericordia de Dios. Él es, nos dirá Pedro en su primera Carta,
el mismo que, sobre el madero, llevó nuestros pecados en su cuerpo, a fin de que, muertos a nuestros pecados, viviéramos para la justicia; con cuyas heridas habéis sido curados.
Jesús es el médico que viene a sanarnos del único verdadero mal que es el pecado.
Jesús manda a los fariseos a aprender. Pero no les envía a ninguna de las grandes escuelas del mundo griego, sino a las Escrituras de Israel y, muy especialmente, a un oráculo del Profeta Oseas. Con la cita del profeta Jesús nos revela que la misericordia, el amor de Dios que perdona, es corazón de la Redención. Jesús nos revela que lo único que Dios quiere de nosotros es que seamos misericordiosos: que pasemos por el mundo perdonando y, así, abriendo espacio a su misericordia.
Las palabras que el Señor dirige a los fariseos, las dirige también a Mateo. Ya le ha pedido que le siga; ahora le dice que el camino por el que tiene que seguirlo es el camino del perdón: así hará presente al Dios rico en misericordia, que es lo único que nuestra sociedad necesita.
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