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La misericordia de Dios

 Meditación sobre Salmo 113

El Salterio encabeza este Salmo dándonos una buena clave de lectura:

Alabanza al Señor, que se abaja desde el cielo para exaltar al desvalido

¡Aleluya!

Alabad, siervos del Señor,

alabad el Nombre del Señor.

Bendito sea el Nombre del Señor,

ahora y por siempre, sin fin.

Desde la salida del sol hasta el ocaso,

alabado sea el Nombre del Señor.

El Salmo, que nos va a dejar una profunda revelación del misterio de Dios, comienza con una preciosa invitación a vivir alabando el Nombre del Señor desde la salida del sol hasta el ocaso; ahora y por siempre; sin fin. Así, con nuestra colaboración, la alabanza de Dios llenará la tierra; y la creación cumplirá su finalidad. Que la alabanza del Creador es la finalidad de la creación está expresado en no pocos lugares de las Escrituras de Israel, especialmente en el precioso «Cántico de los tres jóvenes» del libro de Daniel.

   Podemos alabar ininterrumpidamente el Nombre del Señor porque todas las actividades nobles que llenan nuestra vida pueden ser transformadas por Dios en bendición de su Nombre. Esta transformación es lo que da valor y sentido a todo, incluso a las cosas más ordinarias. Lo que no pueda ser transformado en alabanza de Dios no tiene el menor interés. Alabar el Nombre del Señor es el criterio de juicio de la vida cristiana.

Cuando se bendice el Nombre del Señor se reconoce plenamente su majestad y su amor misericordioso:

¡Excelso sobre todas las naciones es el Señor,

por encima de los cielos está su gloria!

¿Quién como el Señor, nuestro Dios,

que se sienta en las alturas,

y se abaja para mirar los cielos y la tierra?

Dios es el supremo Señor. Nadie como Él. Nosotros tenemos el privilegio de vivir envueltos en su mirada, una mirada que llena el corazón de paz. La conciencia de que nuestro Dios nos mira es un estímulo poderoso para vivir agradándole.

Después de decirnos que el Señor, cuya gloria está por encima de los cielos, se abaja para mirar los cielos y la tierra, ahora el salmista nos va a revelar que la mirada de Dios está gobernada por su misericordia:

Él levanta del polvo al indigente,

y del estiércol hace subir al mísero,

para hacerlo sentar entre los príncipes,

entre los príncipes de su pueblo.

Él pone a la estéril al frente de la casa

como madre feliz de hijos.

¡Aleluya!

Qué estrofa tan magnífica. Dios demuestra su poder universal siendo misericordioso con los humildes y los menospreciados; con los desvalidos y pobres está su corazón. Con mirada auxiliadora de Padre busca a los más necesitados y desdichados, a los que son despreciados; y lo hace para cambiarles la vida y llenarla de felicidad. Solo Él puede hacerlo. Realmente el Señor es digno de toda alabanza y bendición.

Este magnífico Salmo, que nos revela que la grandeza inigualable del Señor se manifiesta en su amor por los más humildes, llega a su plenitud en el Magnificat, el canto que brotó del corazón de la Madre cuando tenía a su Niño en sus entrañas y que comienza así:

“Proclama mi alma las grandezas del Señor

y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador:

porque ha puesto los ojos

en la humildad de su esclava;

por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones.

Porque ha hecho en mí cosas grandes

el Todopoderoso,

cuyo nombre es Santo;

su misericordia se derrama de generación en generación

sobre los que le temen.

Dios ha puesto sus ojos en la humildad de María. Su misericordia podrá manifestarse plenamente. Por eso la Encarnación del Hijo de Dios, y la Maternidad divina de María, y la Redención. Como el Salmo 113 nos revela, todo está contenido en el misterio de la mirada misericordiosa de Dios.


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