Meditación sobre Lc 22,47-53
Seguimos en el monte de los Olivos. Jesús acaba de terminar su oración.
Todavía estaba hablando cuando se presentó un grupo; el llamado Judas, uno de los Doce, iba el primero y se acercó a Jesús para darle un beso. Jesús le dijo: “¡Judas, con un beso entregas al Hijo del hombre!”
Jesús corta en seco a Judas con las que van a ser las últimas palabras que le dirija. Es una palabra estremecedora. Qué largo y triste camino el que Judas ha recorrido desde que escuchó la palabra de Jesús invitándole a ser uno de los Doce hasta este terrible momento.
Pero las palabras que Jesús dirige a Judas hay que entenderlas en el horizonte de otras palabras que nos ha dejado en el Evangelio de San Juan:
“Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; Yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; esa es la orden que he recibido de mi Padre”.
La razón última de que Jesús entregue su vida es el amor que el Padre le tiene y su obediencia a la orden recibida del Padre.
El sanedrín, que tenía un control exhaustivo de Jerusalén, no necesita los auxilios de Judas para detener a nadie. Judas es un pobre hombre, una marioneta en mano de los sumos sacerdotes, que lo utilizan para que a Jesús no le falte ningún sufrimiento en su Pasión –ni siquiera el de ser entregado por uno de los suyos–; y para desprestigiar el cristianismo naciente.
Lucas nos cuenta la reacción de los discípulos de Jesús:
Viendo los que estaban con Él lo que iba a suceder, dijeron: “Señor, ¿herimos a espada?” Uno de ellos hirió al siervo del Sumo Sacerdote y le llevó la oreja derecha. Pero Jesús dijo: “¡Dejad! ¡Basta ya!” Y tocando la oreja le curó.
En el relato de la Pasión de Lucas los Apóstoles se comportan de un modo muy varonil. Pero Jesús está siguiendo la voluntad de su Padre Dios; por eso es tajante. Curando al siervo del Sumo Sacerdote, Cristo manifiesta la compasión de su corazón y su poder sobre la vida.
Ahora el Señor nos va a dar la clave de esta extraña escena:
Dijo Jesús a los sumos sacerdotes, jefes de la guardia del Templo y ancianos que habían venido contra Él: “¿Como contra un salteador habéis salido con espadas y palos? Estando yo todos los días en el Templo con vosotros, no me pusisteis las manos encima; pero esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas”.
Jesús deja claro que ha estado enseñando en el Templo todos los días. Para eso ha venido el Verbo de Dios al mundo. Y deja claro también qué es lo que ha cambiado: “pero esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas”.
¿Por qué Jesús se deja someter al poder de las tinieblas? Jesús es Dios. En el símbolo Niceno-Constantinopolitano lo confesamos con una fuerza especial:
Creo en un solo Señor, Jesucristo,
Hijo único de Dios,
nacido del Padre antes de todos los siglos:
Dios de Dios, Luz de Luz,
Dios verdadero de Dios verdadero,
engendrado, no creado,
de la misma naturaleza del Padre,
por quien todo fue hecho.
¿Por qué el Hijo único de Dios se somete al poder de Satanás? La razón nos la revela Él en el Cenáculo, cuando está a punto de encaminarse al encuentro con la Cruz. Dice a sus discípulos:
“Ya no hablaré muchas cosas con vosotros, porque llega el Príncipe de este mundo. En mí no tiene ningún poder; pero ha de saber el mundo que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado”.
La Pasión de Jesús es el testimonio por excelencia de su amor y obediencia al Padre.
El relato que Lucas nos ha dejado es de una sobriedad particular. Es asombroso lo que sucede: el Hijo Unigénito de Dios es detenido como un vulgar salteador. Y es asombrosa la sencillez con la que se relata este extraordinario suceso. Ahora Jesús se dirigirá al encuentro con el Sumo Sacerdote
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