Meditación sobre el Salmo 51 (50)
El Salmo, conocido desde hace siglos como «Salmo Miserere» y que pertenece al grupo de los siete Salmos Penitenciales de la Iglesia Católica, es una escuela de cómo vivir la filiación divina. El Libro del Salterio lo introduce diciendo:
Del maestro de coro. Salmo. De David.
Cuando el profeta Natán le visitó después que aquél se había unido a Betsabé.
Nos centramos en algunas estrofas. La primera contiene una magnífica revelación:
Tenme piedad, oh Dios, según tu amor;
por tu inmensa ternura borra mi delito,
lávame a fondo de mi culpa
y de mi pecado purifícame.
Cómo se nota la influencia de los Profetas de Israel en esta profunda oración; la influencia de esos magníficos oráculos en los que Dios se revela rico en misericordia y grande en perdonar. Es el amor de su Dios lo que le da completa seguridad al salmista de que va a ser lavado de su culpa y purificado de su pecado. Pedirle perdón a Dios es experimentar la felicidad de encontrarse con su misericordia, de saberse su hijo amado.
El salmista centra ahora la mirada en su propio corazón. Con la luz que aportan los Profetas, la revelación que esta estrofa nos deja sobre el misterio del pecado es grande:
Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado:
contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad que aborreces.
Qué confesión tan admirable. El salmista es un hombre sabio y, porque el Dios de Israel se lo ha revelado, conoce que el pecado, todo pecado, es un pecado contra Dios. Y el salmista es un hombre valiente, un hombre que no busca excusas ni intenta esconderse: su pecado está siempre ante él. Qué terrible es la vida del pecador; hasta que escucha la palabra de perdón de Dios que le libra de la presencia del propio pecado.
El salmista sigue revelándonos la fuerza del pecado:
En la sentencia tendrás razón,
en el juicio resultarás inocente.
Mira, en la culpa nací,
pecador me concibió mi madre.
Solo Dios es Santo. El hombre es pecador desde que fue concebido por su madre. Por eso, en el Juicio, el que lleva razón, el que resulta inocente, es Dios.
El salmista nos deja aquí los rasgos fuertes de la vida del hombre. La vida de todo hombre –varón o mujer– es un camino desde el ser concebido en pecado hasta el encuentro en el juicio con el Dios Santo. Por eso la vida del hombre es lucha: lucha para dejarse liberar del poder del pecado y lucha para preparar el encuentro con el Dios Justo; y la vida del hombre es una continua oración, un continuo pedir a Dios que nos libre del pecado. Es lo que el salmista hace, de muy diversas maneras.
Te gusta un corazón sincero
y en mi interior me inculcas sabiduría.
Rocíame con el hisopo: quedaré limpio;
lávame: quedaré más blanco que la nieve
Dios ama la verdad en lo íntimo del corazón del hombre; y le enseña al salmista la verdadera sabiduría: pedir a Dios quedar limpio de todo pecado. De cuántas maneras este salmo le pide a Dios la purificación del alma.
El Salmo sigue pidiendo a Dios con confianza:
Hazme sentir gozo y alegría,
que exulten los huesos que has quebrado.
Aparta tu rostro de mis pecados
y borra todas mis culpas.
Es el gozo y la alegría del que experimenta el perdón divino. En esta vida no hay nada comparable.
El Salmo sigue centrado en el obrar de Dios, pero ahora esta obra se orienta a crear un corazón nuevo en el hombre:
Crea en mí, oh Dios, un corazón puro,
un espíritu firme dentro de mí renueva;
no me rechaces lejos de tu rostro,
no retires de mí tu santo Espíritu.
Solo Dios Padre puede realizar una nueva creación en el hombre que está profundamente arrepentido de su pecado y acude con confianza a su misericordia. Es la obra del Espíritu Santo en el corazón del hombre. Por eso los que son renovados con el Espíritu viven en la presencia de Dios, están firmes y no vacilan.
Devuélveme el gozo de tu salvación
y afiánzame con un espíritu noble.
Enseñaré a los rebeldes tus caminos
y los pecadores volverán a ti.
Una vez que el salmista ha dejado obrar a Dios en su alma; una vez que experimenta el gozo de la salvación de Dios, entonces descubre que tiene una nueva vocación y una nueva capacidad: puede enseñar a los rebeldes los caminos de Dios para que los pecadores vuelvan a Él. Ahora puede dedicar su vida a la más divina de todas las cosas divinas, que es colaborar con Dios para la salvación de las almas.
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