Ir al contenido principal

En el monte de los Olivos

 Meditación sobre Lc 22,39-46

Jesús y sus discípulos han terminado la Última Cena. San Lucas nos dice:

Salió y, como de costumbre, fue al monte de los Olivos; los discípulos le siguieron.

Jesús sale a pasar la noche en el monte de los Olivos. Lo ha hecho otras noches, pero lo que esta noche va a vivir allí será muy especial.

Llegado al lugar les dijo: “Pedid que no caigáis en tentación”. Y se apartó de ellos como un tiro de piedra. Puesto de rodillas oraba diciendo:

“Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”.

Se le apareció un ángel venido del cielo que le confortaba. Y entrando en agonía oraba con más intensidad. Y le sobrevino un sudor como de gotas de sangre que caían hasta el suelo.

Qué relato tan sencillo y tan conmovedor. Con esta oración entra Jesús en la hora del poder de las tinieblas, hora de angustia y tristeza de muerte. Lo hace movido por el amor y la obediencia a su Padre Dios y por el amor a los suyos hasta el extremo.

Para vivir esta oración se ha hecho hombre el Hijo de Dios. Así nos lo dice la Carta a los Hebreos citando el Salmo 40:

Por eso, al entrar en este mundo, dice:

Sacrificio y oblación no quisiste;

pero me has formado un cuerpo.

Holocaustos y sacrificios por el pecado

no te agradaron.

Entonces dije: «¡He aquí que vengo

–pues de mí está escrito en el rollo del libro–

a hacer, oh Dios, tu voluntad!»

La voluntad del Padre es que Jesús beba el cáliz que le ha preparado. Cuando Jesús habla del cáliz o de beber el cáliz, ¿a qué se refiere? Me parece que, en un primer sentido, se refiere al conjunto de la Pasión desde Getsemaní a la Resurrección. San Pedro lo expresa admirablemente en la primera de sus Cartas:

También Cristo padeció por vosotros,

dejándoos ejemplo para que sigáis sus huellas.

Él no cometió pecado,

ni en su boca se halló engaño.

Al ser insultado, no respondía con insultos;

al ser maltratado, no amenazaba;

sino que ponía su causa en manos del que juzga con justicia.

Subiendo al madero,

Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo,

a fin de que, muertos a nuestros pecados, vivamos para la justicia;

y por sus llagas fuisteis sanados.

En la Cruz Jesús acoge nuestros pecados en su cuerpo; así, muertos a nuestros pecados, vivamos para la justicia, que es vivir para la santidad. En las llagas de Cristo se produce el admirable intercambio de muerte y vida, de pecado y santidad.

En el monte de los Olivos este admirable intercambio se produce en el corazón de Jesús. Me parece que quien ha expresado este misterio –que es realmente insondable– con más profundidad ha sido San Pablo en la segunda Carta a los Corintios:

Por tanto, el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo. Y todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo... Porque en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres... A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en Él.

Para que pueda llegar a existir esa nueva creación en Cristo de la que habla el Apóstol, para que Dios pueda reconciliarnos con Él por Cristo, Jesús bebe el cáliz que el Padre le tiene preparado. El Señor, que no conoció pecado, acepta ser hecho pecado por nosotros. En el monte de los Olivos el abismo del odio y la desobediencia a Dios del pecado le ha llegado hasta el fondo del corazón; Jesús lo acoge,  lo hace propio y, así, lo transforma en amor obediente y humilde al Padre. Por eso nosotros podemos llegar a ser justicia de Dios en Él, podemos aspirar a la santidad.

La experiencia es tan terrible que Dios le envía un ángel para confortarlo y Jesús, entrando en agonía, ora con más intensidad. Le sobreviene un sudor como de gotas de sangre que caen hasta el suelo; estas gotas de sangre son los primeros frutos de su Pasión.

Jesús ha entrado en su oración diciendo a sus discípulos:; “Pedid que no caigáis en tentación”. Ahora, terminada su oración, les va a repetir el consejo:

Levantándose de la oración, vino donde los discípulos y los encontró dormidos por la tristeza; y les dijo: “¿Cómo es que estáis dormidos? Levantaos y orad para que no caigáis en tentación”.

Jesús les vuelve a decir a sus discípulos que recen; que recen para no caer en tentación. Considerando el marco en el que Jesús se expresa, me parece que este es uno de los principales mandamientos que el Señor nos deja. Qué importancia debe tener a sus ojos. En una situación en la que la agonía le lleva a sudar sangre, qué bien expresa este doble consejo la preocupación de Jesús por la salvación de los suyos. Jesús nos revela que la única forma de no caer en tentación, de evitar la condenación eterna, es la oración insistente, el vivir en vigilia de oración.


Comentarios

Entradas populares de este blog

Si el Hijo os da la libertad

Meditación sobre Jn 8,31-47 Jesús está enseñando en el Templo. Cuando termina, el evangelista nos  dice que muchos creyeron en Él; y  continúa: Decía, pues, Jesús a los judíos que habían creído en Él: “Si os mantenéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”. Qué estructura tan clara tiene la invitación de Jesús a ser libres. Todo empieza con la fe en Jesús. Esa fe nos hace capaces de acoger su palabra y mantenernos en ella; entonces seremos verdaderamente sus discípulos y conoceremos la verdad que solo el Hijo nos puede revelar –solo sus discípulos conocer y vivir–.    ¿Qué verdad es esa? Jesús nos lo revela de diversas maneras. Una de estas maneras ocurre al final de la oración en el Cenáculo: “Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero Yo te he conocido y éstos han conocido que Tú me has enviado.Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que Tú me h...

Padre, ha llegado la Hora

Meditación sobre Jn 17,1-8 En el Cenáculo, justo antes de salir al encuentro con la Cruz, Jesús se dirige a su Padre Dios en una intensa oración. Es una página única. En los Evangelios Jesús nos habla mucho de su Padre; aquí Jesús habla con su Padre y le pide por Él mismo, por sus discípulos y por los futuros creyentes. Esta oración expresa los sentimientos con los que Jesús afronta su Pasión y es, según San Juan, la puerta por la que va ha entrar en el misterio que culminará en la glorificación del Padre, en su propia glorificación y en que pueda darnos la vida eterna. Esta oración de Jesús es una poderosa revelación: Así habló Jesús, y levantando los ojos al cielo dijo: “Padre, ha llegado la Hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti. Y que según el poder que le has dado sobre toda carne, dé también vida eterna a todos los que Tú le has dado. Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que Tú has enviado, Jesucristo. Yo te he glorif...

Yo les he dado a conocer tu Nombre

Meditación sobre Jn 17,20-26 Para San Juan la oración en el Cenáculo es la puerta por la que Jesús entra en su Pasión. Escuchamos el final de esta admirable oración. Jesús ha estado intercediendo ante su Padre por sus apóstoles; ahora lo va a hacer por nosotros: “No ruego solo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como Tú, Padre, en mí y Yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado”. Qué oración tan preciosa. Jesús ruega al Padre por nosotros. Le pide que todos seamos uno. Pero es una unidad que no responde a programas sociológicos, culturales ni cosas por el estilo; es la unidad que tiene  su origen y fundamento en la comunión del Padre y el Hijo. Esta es la unidad que el Hijo ha venido a traernos. Fruto de esa unidad es que el mundo llegue a creer que Jesús es el enviado del Padre. En esta fe está la Salvación. En esta fe está la verdad fundamental y la clav...