Meditación sobre Mt 5,1-12
En el Cenáculo, muy cerca ya de encaminarse al encuentro con la Cruz, respondiendo a una pregunta de Tomás, Jesús nos revela:
“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.
Nadie va al Padre sino por mí”.
Con este horizonte nos disponemos a escuchar al Señor. San Mateo nos ha dicho que Jesús recorría toda la Galilea enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia del pueblo. Y nos ha dicho también que le seguían grandes multitudes de Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea y del otro lado del Jordán.
El evangelista continúa:
Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron.
En este admirable marco va a resonar la palabra de Jesús:
Tomando la palabra, les enseñaba diciendo:
“Bienaventurados los pobres de espíritu,
porque de ellos es el Reino de los Cielos”.
Jesús no hace sociología; Jesús habla en el horizonte de la vida eterna. Con esta bienaventuranza nos dice que es Dios el que determina quiénes son los pobres de espíritu: son pobres de espíritu aquellos a los que hará bienaventurados y a los que enriquecerá con el Reino de los Cielos. A los pobres de espíritu no les interesa ningún otro destino ni ninguna otra riqueza.
“Bienaventurados los mansos,
porque ellos poseerán en herencia la tierra”.
Abriéndoles las puertas de la vida eterna, Dios determinará quiénes pueden ser llamados mansos. Pero esa referencia a que poseerán la tierra en herencia recibida de Dios, deja claro que no intentarán apropiarse de ella con la violencia.
En un mundo tan terriblemente marcado por la violencia, esta bienaventuranza debe tener una importancia especial a los ojos de Jesús, porque Él nos ha dicho: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”.
Bienaventurados los que lloran,
porque ellos serán consolados.
El autor del Apocalipsis, casi al final del libro, nos dice que vió un cielo nuevo y una tierra nueva y que oyó una fuerte voz que decía desde el trono:
“Ésta es la morada de Dios con los hombres: Habitará con ellos y ellos serán su pueblo y Dios, habitando realmente en medio de ellos, será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos; y no habrá ya muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor, porque todo lo anterior ya pasó”.
Solo serán bienaventurados los que lloren con un dolor que Dios pueda consolar. ¿Qué sentirán cuando Dios enjugue toda lágrima de sus ojos? En no poca medida, los que lloran lo harán, como Jesús, por el sufrimiento de tanta gente inocente. Los que tengan un corazón insensible al sufrimiento del prójimo no entrarán en el Reino de los Cielos.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados.
Dios solo acogerá en su Casa a los que tengan un corazón tan noble que pasen por este mundo dominado por el pecado con hambre y sed de justicia, ansiando la hora de ser saciados por el Dios Justo.
Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.
Qué bienaventuranza tan preciosa. Dios, rico en misericordia, no solo acogerá en su Reino a los misericordiosos, sino que los saciará de su misericordia. ¿Qué será vivir para toda la eternidad plenamente envueltos en la misericordia de Dios?
Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.
Otra preciosa bienaventuranza. Dios ve como suyos a los limpios de corazón; y se dejará contemplar por ellos. Para siempre. Ese será el premio de su lucha por mantener la limpieza de corazón. Será algo único.
Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios.
La paz es un don de Dios. Solo los que puedan ser llamados hijos de Dios están trabajando por la paz y, nos dice Jesús, son ya bienaventurados y lo llegarán a ser plenamente en el Cielo.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
El Señor ya nos ha dicho que serán bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia. Ahora nos dice que los que trabajan por implantar la justicia en la tierra –dominada por el príncipe de este mundo– serán perseguidos. Pero Dios les hará justicia y llegarán a poseer el Reino de los Cielos.
Ahora Jesús cambia el discurso. Se dirige a sus discípulos:
Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.
La clave es el: «por mi causa». Esta bienaventuranza hace referencia a la fe en Jesucristo. Jesús sufrió la Pasión por amor obediente y humilde a su Padre Dios. Por eso su Pasión es Redentora. Sufriendo todo por causa del Señor, además de sabernos continuadores de los profetas, también nuestro sufrimiento tiene valor redentor. Ser cristiano es hacerlo todo movidos por la fe y el amor de Jesucristo. Y dejarlo todo en sus manos. A partir de ahí nos sabemos destinados a la bienaventuranza, que es la recompensa grande en los cielos. Por eso, pase lo que pase en nuestra vida, estaremos alegres.
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