Meditación sobre Mt 13,1-9,18-23
Estamos en Cafarnaúm. El relato que nos va a dejar Mateo se abre con una preciosa escena:
Aquel día salió Jesús de casa y se sentó a orillas del mar. Y se reunió tanta gente junto a Él que hubo de subir a sentarse en una barca; toda la gente quedaba en la ribera. Y les habló muchas cosas en parábolas.
Jesús ha puesto su cátedra en una barca de pescadores y tiene como escenario el lago de Genesaret y el cielo de Galilea. La muchedumbre que le escucha no ha hecho más que crecer a lo largo de los siglos. Entre ese gentío estamos todos.
Decía: “Una vez salió un sembrador a sembrar. Y al echar la semilla parte cayó junto al camino; vinieron las aves y se las comieron. Otra parte cayó en un pedregal, donde no tenía mucha tierra, y brotó enseguida por no tener hondura de tierra; pero en cuanto salió el sol se agostó y, por no tener raíz, se secó. Otra parte cayó entre abrojos; crecieron los abrojos y la ahogaron. Otra parte cayó en tierra buena y dio fruto: el ciento, el sesenta, el treinta por uno. El que tenga oídos, que oiga”.
Es una parábola de ánimo que el Señor dirige a sus discípulos de todos los tiempos. El mensaje de la parábola es claro: siempre hay semilla que encuentra buena tierra y da fruto; siempre hay grano que llega a sazón. ¿Que mucha parte de lo sembrado se pierde? Puede ser, aunque esas cosas solo las conoce Dios y hay que dejarlas en sus manos. Lo seguro, nos dice Jesús, es que, si recorres los caminos de la vida sembrando la buena semilla una parte dará fruto. Siempre. Fruto de gloria de Dios.
Jesús nos está dejando en esta parábola lo esencial de su vida de predicador: ha recorrido Galilea y Judea predicando la Palabra por los caminos, las sinagogas, las ciudades, el Templo de Jerusalén, etc. Ha sido una predicación incansable durante tres años y, cuando es crucificado, ¿cuánta gente tiene con Él? Parece un fracaso total, pero miras la Iglesia hoy y te das cuenta de la profunda verdad de la parábola del sembrador: a lo largo de los siglos las palabras de Jesús han encontrado, siempre y en todos lados, corazones nobles, tierra buena. Y el fruto es asombroso.
Jesús desarrolla para sus discípulos la parábola del sembrador:
“Vosotros, pues, escuchad la parábola del sembrador. Sucede a todo el que oye la palabra del Reino y no la comprende, que viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: esto es lo sembrado a lo largo del camino. Lo sembrado sobre terreno pedregoso, es el que oye la Palabra, y al punto la recibe con alegría; pero no tiene raíz en sí mismo, sino que es inconstante y, cuando se presenta una tribulación o persecución por causa de la Palabra, sucumbe enseguida. Lo sembrado entre los abrojos, es el que oye la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas ahogan la Palabra, y queda sin fruto. Y lo sembrado en tierra buena, es el que oye la Palabra y la comprende: éste sí que da fruto y produce, uno ciento, otro sesenta, otro treinta”.
Jesús nos deja claro que Él es el sembrador y que la semilla que siembra el es la palabra del Reino. Para sembrar esa Palabra ha venido el Hijo de Dios al mundo y ha fundado su Iglesia. Ahora Jesús se centra en cuatro tipos de terreno en los que puede caer esa semilla que es la Palabra.
El primer terreno es el camino. El camino, con su dureza, simboliza al hombre que no acoge y hace vida la palabra del Reino que el sembrador ha sembrado en su corazón. Viene el Maligno y arrebata lo sembrado. Jesús nos revela que el primer enemigo de la Palabra es el Maligno.
El segundo tipo de terreno es el terreno pedregoso. Simboliza al que oye la Palabra y al punto la recibe con alegría; pero no tiene profundidad ni constancia de alma y, en cuanto aparecen las dificultades, sucumbe.
El tercer terreno en el que cae la semilla es el que está cubierto de abrojos. Los abrojos simbolizan las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas. La Palabra se ahogó, y quedó sin fruto.
Lo sembrado en tierra buena, expresa al que escucha la Palabra, la medita en la oración, la guarda en el corazón y la vive. Éste sí que da fruto: uno ciento, otro sesenta, otro treinta.
Para entrar en la interpretación de la parábola del sembrador que Jesús nos ofrece hay que tener el firme deseo de, con la gracia de Dios, llegar a ser tierra buena. Y no conformarse con dar un fruto de treinta o de sesenta; aspirar a dar ciento.
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