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El Santo de Dios

Meditación sobre Jn 6,60-71

Enseñando en la sinagoga de Cafarnaúm, Jesús ha terminado la revelación del misterio de la Eucaristía. Ahora el evangelista nos va a informar de la reacción de los que le han escuchado al Señor:

Muchos de sus discípulos, al oírle, dijeron: “Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?”

   Pero sabiendo Jesús en su interior que sus discípulos murmuraban por esto, les dijo: “¿Esto os escandaliza? ¿Y cuando veáis al Hijo del hombre subir adonde estaba antes? El espíritu es el que da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida. Pero hay entre vosotros algunos que no creen”.

   Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar. Y decía: “Por esto os he dicho que nadie puede venir a mí si no se lo concede el Padre”. Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con Él.

Nos enteramos ahora que a Jesús ya le seguían muchos discípulos. Pero no tienen fe en Él. Escuchan las palabras de Jesús como palabras de hombre. Pero las palabras de Jesús son espíritu y son vida; por eso se abren a la vida eterna y solo se pueden acoger en la fe. El espíritu es el que da vida; la carne –el hombre natural– no sirve para nada porque está marcada con el sello de la muerte. Como no creen en Jesús, estos hombres se escandalizan de sus palabras, y mucho más se escandalizarían si viesen al Hijo del hombre subir, a través de la Pasión, la Cruz, y la Sepultura adonde estaba antes. Para el que no cree en Jesucristo, todas sus palabras y todas sus obras son motivo de escándalo.

   El Señor no se sorprende de la reacción de estos discípulos. Debió dolerle mucho que esos hombres, que le habían seguido hasta aquí, decidan alejarse de Él justo cuando les acaba de revelar el misterio de amor y de vida que es la Eucaristía. Le debió entristecer profundamente, pero no le alteró. Sabía que iba a pasar. Jesús conoce el corazón del hombre y sabe, desde el principio, quiénes son los que no creen y quién es el que lo va a entregar. Pero Jesús tiene paciencia, abre espacio a la conversión.

   Jesús vuelve a decirnos que la verdadera razón de la falta de fe en Él es la resistencia al obrar de Dios. Por eso el escándalo. Aunque todavía no hemos llegado a la Cruz, que es el verdadero escándalo. Lo es para los judíos, que no pueden aceptar que el Mesías de Israel se someta a la Pasión, y lo es para la sabiduría del mundo, que no puede comprender que el Crucificado sea el Dios Redentor. Por esto nadie puede ir a Jesús si no se lo concede el Padre.

Como siempre, Jesús está hablando para los Doce: para fortalecerlos en la fe y que, cuando llegue la hora, puedan dar testimonio de Él.

Jesús dijo entonces a los Doce: “¿También vosotros queréis marcharos?” Le respondió Simón Pedro: “Señor, ¿donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios”. Jesús les respondió: “¿No os he elegido Yo a vosotros, los Doce? Y uno de vosotros es un diablo”. Hablaba de Judas, hijo de Simón Iscariote, porque éste lo iba a entregar, uno de los Doce.

Jesús es el Santo de Dios. En el hombre Jesús habita la plenitud de la santidad de Dios corporalmente. Jesús es el portador de la santidad de Dios, el Santo que Dios nos ha enviado porque quiere trasplantarnos del poder del pecado al reino de su santidad.

   Solo Jesús tiene palabras de vida eterna. Las palabras de Jesús son espíritu y son vida. Son portadoras de la vida que Él recibe del Padre. El que acoge las palabras de Jesucristo es trasladado del ámbito de la muerte al de la vida eterna. Toda otra palabra, por muy noble y sincera que sea, pasará; solo las palabras de Jesús permanecerán para siempre; solo sobre ellas podemos fundar la vida para que se abra a la eternidad.

   Por eso la terrible pregunta que hace Jesús a los Doce: “¿También vosotros queréis marcharos?” La respuesta de Simón Pedro es admirable: “Señor, ¿donde quién vamos a ir?” Una vez que te has encontrado con Jesucristo, ¿donde quién vas a ir? Una vez que has escuchado sus palabras, ¿qué otra palabra te puede interesar? Una vez que sabes y crees que Jesús es el Santo de Dios todo lo demás es, como dice el sabio, ¡Vanidad de vanidades! –dice Cohélet–, ¡vanidad de vanidades, todo vanidad! El que se aleja de Jesús es que nunca se ha encontrado con Él, nunca ha creído en Él y nunca le ha escuchado con fe; nunca se ha sabido querido por Jesús y nunca le ha querido. Ése es el drama de Judas.

   Cuando Jesús se vuelve a los Doce y les dice que, si quieren, también ellos pueden marcharse, es como si estuviera facilitándoles la marcha. Quizá estaba invitando a Judas a irse con todos los que le dejaron ese día; a nadie le hubiera sorprendido. En cualquier caso, lo que Jesús deja claro es que sólo quiere discípulos que vayan a Él llevados por el Padre, no por otro tipo de intereses; discípulos que acojan sus palabras en la fe. La carne no sirve para nada; interpretar las palabras de Jesús en el horizonte hermenéutico de este mundo marcado por el pecado y la muerte, no tiene ningún sentido. El que juzga las palabras del Señor y decide esto sí y esto no, esto me gusta y lo acepto, y esto no me gusta y lo rechazo, no puede ser su discípulo; no puede aceptar que las palabras que nos dice son espíritu y son vida, ni que Jesús tiene palabras de vida eterna.

   Las palabras con las que Jesús cierra este encuentro en Cafarnaúm son particularmente dolorosas. Jesús ha elegido a los Doce con amor de predilección; a ellos se dedica de un modo especial; en ellos tiene puesta la esperanza de que lleguen a constituir el fundamento de su Iglesia y lleven su Evangelio al mundo. Jesús sabe que uno de ellos no va a poner su vida al servicio de la Redención; que ha decidido ponerla al servicio de Satanás –es lo que la expresión «es un diablo» significa–. Jesús, con ese respeto con el que trata a las personas, no da el nombre del que lo va a entregar; eso lo dice el evangelista, que escribe muchos años después de los acontecimientos, cuando ya todo es bien conocido.

Excursus: Las palabras de Jesús

Jesús, refiriéndose a todo lo que nos ha revelado en la sinagoga de Cafarnaún, afirma: “El espíritu es el que da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida. Día glorioso aquel en el que resonaron por primera vez, en un mundo esclavo de la muerte, estas palabras de Jesús sobre la Eucaristía. Qué privilegiado lugar la sinagoga de Cafarnaúm. Desde aquella sinagoga estas palabras del Señor han ido envolviendo el mundo, iluminándolo con la esperanza de la vida eterna, transformando la vida del cristiano en un trato personal con Jesucristo y en un canto de alabanza a la Trinidad Santísima; y revelando la centralidad de la Eucaristía en la vida de la Iglesia.

Esta potencia de vida de la palabra del Señor nos invita a considerar que, cuando se escucha a Jesús lo primero que hay que preguntarse es: ¿quién es el «yo» que habla? Porque si es el yo de una persona humana, sus palabras son, no pocas veces, un completo despropósito. Pero si el yo que habla es el «Yo» de Dios Hijo que ha venido a salvarnos, entonces son las únicas palabras importantes en mi vida. El resto es palabrería. Es lo que Pedro confiesa: “Tú tienes palabras de vida eterna”. Lo que no viva en las palabras de Jesús está marcado con el sello de la muerte eterna.

Pero no hay camino que lleve del ámbito de la historia y la cultura a la fe en que las palabras de Jesús de Nazaret son las palabras humanas del Verbo de Dios. Esa fe sólo puede ser la obra de Dios Padre en nosotros. Ésta es la verdad que Jesús nos revela en esta enseñanza: Y decía: “Por esto os he dicho que nadie puede venir a mí si no se lo concede el Padre”.

Qué misterio tan grande el de las palabras de Jesús de Nazaret: dice unas cosas en un remoto lugar del Imperio Romano hace veinte siglos; lo que dice resulta completamente incomprensible para las gentes que le escuchan, hasta el punto que casi todos deciden dejar de escucharlo; pasan los siglos, y enormes muchedumbres de toda raza, lengua, pueblo y nación, desde niños hasta ancianos, desde grandes teólogos a personas analfabetas, fundamentan su vida en estas pocas palabras de Jesús; y de esas vidas han brotado ríos de santidad. Todo porque la fe nos dice que las palabras de Jesús son palabras de vida eterna; y que sólo en esas palabras la vida se abre a la plenitud, a la eternidad, a la comunión con Dios, a la filiación divina; y muchas de estas gentes hacen no pequeños sacrificios para poder recibir la Carne y la Sangre de Jesús Resucitado, y pasan muchas ratos de adoración delante del Sagrario. Qué asombroso misterio. Un misterio que brota, como todo en Jesucristo, de que Él es el Verbo Encarnado. Por eso sus palabras son espíritu y son vida, y sólo se pueden acoger en la fe. Esto significa que hay que fiarse de Jesús y confiar en sus palabras; no tener prisa por entenderlas; dejar que el Espíritu de la verdad, mediante la vida de la Iglesia, nos vaya revelando su verdad completa. Esa es la historia de la Eucaristía.


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