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Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí

 Meditación sobre Lc 23,26-31

Lucas nos acaba de decir que Pilato cedió ante lo que la muchedumbre pedía: soltó a Barrabás –un asesino– y a Jesús se lo entregó a su voluntad. El relato continúa:

Cuando le llevaban echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevará detrás de Jesús. 

Con el estilo claro y elegante que le caracteriza, San Lucas nos deja una información que emociona. Un hombre, Simón de Cirene, quizá un campesino, tiene el honor y la extraordinaria dignidad de cargar con la cruz y llevarla detrás de Jesús. Tantísimos cristianos a lo largo de la historia habrán deseado prestarle al Señor este servicio en su Pasión. Qué nobleza debe de tener este hombre a los ojos de Dios. ¿Cómo habrá sido el encuentro de Simón de Cirene con Jesucristo Resucitado?

   Simón nos abre un camino, un camino que se recorre haciendo todo el bien que podamos. Un camino en el que no importa si conocemos la persona a la que hacemos el bien porque llegará el día, que será un día glorioso, en el que descubriremos que se lo hemos hecho a Jesucristo y que se lo hemos hecho en su Pasión. Esto es, en esencia, lo que nos revela el Señor en esa magnífica página de Mt 25,31-46, donde nos presenta con toda su grandiosidad el Juicio Final, el acontecimiento que hará entrar todas las cosas en el orden de la Justicia divina con estas pocas palabras de Jesús:

“En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”.

Meditar estas palabras del Señor enriquece extraordinariamente nuestra vida, le da un sentido especial y nos enseña la cercanía que tenemos con la Pasión de Cristo.

San Lucas continúa su relato de Jesús camino del Calvario. Nos va a contar un encuentro que no aparece en los relatos de la Pasión de los otros evangelistas. Es el encuentro del Señor con unas mujeres. También en este encuentro queda patente que, ante Jesús, se revela la condición de las personas. El gesto de piedad de estas mujeres muestra que, junto con los enemigos, a Jesús le acompañaban muchas personas que le querían:

Le seguía una gran multitud del pueblo y mujeres que se dolían y se lamentaban por Él. Jesús, volviéndose a ellas, dijo: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos. Porque llegarán días en que se dirá: ¡Dichosas las estériles, las entrañas que no engendraron y los pechos que no criaron! Entonces comenzarán a decir a los montes: «Caed sobre nosotros»; y a los collados: «Sepultadnos». Porque si en el leño verde hacen esto, ¿qué se hará en el seco?

Estas mujeres son admirables; por su comportamiento y por el modo como Jesús las trata me parece claro que le conocían y le querían. San Lucas nos ha dicho que, hasta la Pascua judía, Jesús enseñaba diariamente en el Templo ante todo el pueblo. Quizá estas mujeres estaban entre la muchedumbre que fue testigo de la compasión y respeto con que el Señor trató a la mujer sorprendida en adulterio y ahora, ellas, están correspondiendo al amor con el amor.

   Jesús las trata con una delicadeza extrema. En medio de sus terribles dolores se vuelve a ellas, las mira y las llama con un nombre precioso que las debió llenar de orgullo; y les dirige unas palabras en las que les dice que verdaderamente dignas de compasión son ellas y sus hijos.

Estas palabras, preñadas de sentido, hacen referencia a las que Jesús pronunció en el Discurso Escatológico, pocos días antes de este encuentro con las Hijas de Jerusalén. En ese Discurso Jesús había profetizado la destrucción de Jerusalén con palabras fuertes:

“Cuando veáis a Jerusalén cercada por ejércitos, sabed entonces que se acerca su desolación. Entonces, los que estén en Judea, huyan a los montes; y los que estén en medio de la ciudad, que se alejen; y los que estén en los campos, que no entren en ella; porque éstos son días de venganza, y se cumplirá todo cuanto está escrito.¡Ay de las que estén encinta o criando en aquellos días! Habrá, en efecto, una gran calamidad sobre la tierra y habrá ira contra este pueblo. Caerán a filo de espada y serán llevados cautivos a todas las naciones y Jerusalén será pisoteada por los gentiles hasta que se cumpla el tiempo de los gentiles”.

Jesús, camino del Calvario, dice a las Hijas de Jerusalén:

“Porque si en el leño verde hacen esto, ¿qué se hará en el seco?”

Les está diciendo que Jerusalén le ha rechazado y que ha llegado la hora de su castigo. Y el castigo será terrible, como expresa la Pasión de Jesús y la comparación entre el leño verde y el seco. La Ciudad ha terminado su misión y será pisoteada por los gentiles hasta que se cumpla el tiempo de los gentiles.


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