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Si tú eres el Cristo, dínoslo

 Meditación sobre Lc 22,63-71

Estamos en el atrio de la casa del sumo sacerdote. Después de las negaciones de Pedro, ahora descargan sobre Jesús las primeras burlas. Los ultrajes y los desprecios tienen una presencia grande en la Pasión del Hijo de Dios.

Los hombres que le tenían preso se burlaban de Él y le golpeaban; y cubriéndolo con un velo le preguntaban: “¡Adivina! ¿Quién es el que te ha pegado?” Y le insultaban diciéndole otras muchas cosas.

La maldad que descarga sobre el Señor en su Pasión tiene un alto contenido de burla. Si meditas despacio los cuatro Evangelios te sorprenderá la cantidad de burlas a las que Jesús se somete sin una queja. Te sorprenderá la cantidad y variedad de personas que se consideran con el derecho y la autoridad de burlarse de Jesús. Y pensarás: «yo soy uno de los que, tantas veces, me he burlado del Señor».

   Las burlas de Jesús manifiestan la particular vileza del corazón pecador; y la humildad de Jesús. ¿Por qué Jesús, que es Dios, se somete a las burlas? La respuesta es clara: para llevar hasta el final la obra que el Padre le ha encomendado realizar; por amor obediente y humilde a su Padre Dios. Jesús asume en su Pasión el pecado del mundo y, por eso, todas las burlas de la historia; desde ese día, nadie las ha sufrido ni las sufrirá solo; y esas burlas adquirirán, a los ojos de Dios, valor de Redención.

   Si dejas que estas palabras de San Lucas se te graben en el corazón sentirás el deseo de reparar esas burlas y esos insultos. Y descubrirás que Jesús ha querido quedarse en la Eucaristía para que podamos dar satisfacción a ese deseo de nuestro corazón; y crecerá el amor al culto Eucarístico, esa gran escuela en la que aprendemos a desagraviar al Señor por todas las burlas que los hombres hemos descargado sobre Él.

El relato continúa. El simulacro de juicio ante el Sanedrín no deja de ser otra gran burla.

En cuanto se hizo de día, se reunió el Consejo de Ancianos del pueblo, sumos sacerdotes y escribas, le hicieron venir a su Sanedrín y le dijeron: “Si tú eres el Cristo, dínoslo”.

   Él respondió: “Si os lo digo, no me creeréis. Si os pregunto, no me responderéis. De ahora en adelante, el Hijo del hombre estará sentado a la diestra del poder de Dios”.

   Dijeron todos: “Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?” Él les dijo: “Vosotros lo decís: Yo soy”. Dijeron ellos: “¿Qué necesidad tenemos ya de testigos, pues nosotros mismos lo hemos oído de su propia boca?”

Jesús sabe con qué gente está tratando. Sabe que es tan inútil contestar a sus preguntas como interrogarlos. Pero en esa hora dramática y, me parece, dirigiéndose a nosotros, que escucharemos este relato a lo largo de los siglos –que somos a los que Jesús dirige su palabra siempre–, Jesús se ve ya glorificado y quiere dejar claro que Él participa del poder de Dios. Sobre el tema del ser Hijo de Dios, la respuesta de Jesús se mueve en un nivel del que esos hombres no tienen la menor idea.

   No hay sentencia. Da igual. Este Consejo de Ancianos del pueblo, sumos sacerdotes y escribas no es un tribunal. El único tribunal en aquel tiempo era el de Pilato, el representante del poder romano. Estos hombres no son jueces y van a actuar como acusadores ante el juez romano –también ante Herodes–.

Qué pena da todo. Que pena da ver al que es Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, humillarse de este modo. ¿Qué será de estos hombres cuando se encuentren con el Hijo del hombre sentado a la diestra del poder de Dios?


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