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Si alguno tiene sed venga a mí

Meditación sobre Jn 7,33-39

Estamos en la fiesta judía de las Tiendas. Jesús enseña en el Templo. Ya ha dicho, de distintas maneras, que es Dios quien le envía. La cosa ha llegado a oídos de los fariseos, que se han alarmado, y el sanedrín ha enviado guardias para detenerlo. Esto abre espacio en el relato para que Jesús nos deje una poderosa revelación:

Entonces Él dijo: “Todavía un poco de tiempo estaré con vosotros; luego me iré al que me ha enviado. Me buscaréis y no me encontraréis; y adonde Yo esté vosotros no podéis venir”.

   Se decían entre sí los judíos: “¿A dónde se irá éste que nosotros no le podamos encontrar? ¿Se irá a los que viven dispersos entre los griegos para enseñar a los griegos? ¿Qué es eso que ha dicho: «Me buscaréis y no me encontraréis», y «adonde yo esté, vosotros no podéis venir»?” 

En estas pocas palabras Jesús nos deja su Misterio Pascual: la Última Cena, la Pasión, la Muerte y la Resurrección. El Hijo vuelve al Padre que le ha enviado. Nadie puede ir con Él. Es lo que dirá a sus apóstoles en el Cenáculo:

“Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros. Vosotros me buscaréis y, lo mismo que les dije a los judíos que adonde Yo voy vosotros no podéis venir, os digo también ahora a vosotros”(...). Simón Pedro le dice: “Señor, ¿a dónde vas?” Jesús le respondió: “Adonde Yo voy no puedes seguirme ahora; me seguirás más tarde”.

Todo el que acoja las palabras de Jesús en la fe le seguirá más tarde. La palabra clave es: “me voy al que me ha enviado”. Para el que no quiera contemplar la relación esencial de Jesús con Dios sus palabras resultan completamente incomprensibles.

El Señor nos deja ahora otra poderosa revelación de quién es Él. Es la última enseñanza de Jesús con ocasión de la fiesta de las Tiendas. El marco de esta revelación es la obra de los Profetas de Israel, que han ido grabando en el corazón de pueblo fiel la sed de Dios. El Salmo 63 expresa admirablemente esta sed:

Dios, tú mi Dios, yo te busco,

sed de ti tiene mi alma,

en pos de ti languidece mi carne,

cual tierra seca, agotada, sin agua.

Jesús es la respuesta de Dios a esta sed angustiosa del Israel fiel. Inspirándose en la ceremonia del agua de la fiesta de las Tiendas, el Señor nos deja una invitación admirable; si la acogemos en la fe transformará completamente nuestra vida:

El último día de la fiesta, el más solemne, Jesús puesto en pie, clamó:

“Si alguno tiene sed, venga a mí; y beba el quien crea en mí. Como dice la Escritura, de sus entrañas brotarán ríos de agua viva”.

Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en Él. Porque aún no había Espíritu, pues todavía Jesús no había sido glorificado.

El Padre nos ha enviado a su Hijo para saciar la sed de Dios y de vida del corazón humano. Y el Hijo, a los que crean en Él, les dará el Espíritu, para que de sus entrañas broten los ríos de agua viva que vivificarán el mundo.

   Jesús invita a todo el que tenga sed a acudir a Él y beber de su enseñanza. La única condición, como siempre, es la fe: acoger sus palabras como agua viva. Jesús invita a ir a Él y a beber a todo el que tenga sed de vivir en su amor, en su paz, en su alegría; al que tenga sed de inundar el mundo –en el que la muerte tiene un poder tan terrible– con torrentes de agua viva.

   Una vez que Cristo sea glorificado y pueda bautizar con Espíritu Santo, ríos de agua viva brotarán de los que tienen fe en Él; y fecundarán el mundo. Qué potencia de Redención tiene nuestra fe; no es extraño que los apóstoles le pidieran al Señor: “Auméntanos la fe”.

Escuchas al Señor y, necesariamente, te preguntas: ¿Quién es Jesús? Ésta es la pregunta clave. De la respuesta depende la vida de cada uno. El Evangelio de San Juan es una profunda revelación de lo que Jesús dice de sí mismo; de la respuesta que Jesús da a nuestra pregunta.

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