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Hacer el bien en sábado

 Meditación sobre Mt 12, 9-21

Estamos en sábado. Jesús acaba de revelar que Él, el Hijo del Hombre, es señor del sábado. Ahora nos va a revelar en qué consiste su realeza:

Cuando salió de allí, entró en su sinagoga donde había un hombre que tenía una mano seca. Y le interrogaban para acusarlo: “¿Es lícito curar en sábado?” Él les respondió: “¿Quién de vosotros, si tiene una oveja y el sábado se le cae dentro de un hoyo no la agarra y la saca? Pues cuánto más vale un hombre que una oveja. Por tanto, es lícito hacer el bien en sábado”. Entonces le dijo al hombre: “Extiende tu mano”. Y la extendió y quedó sana como la otra. Al salir, los fariseos se pusieron de acuerdo contra Él, para ver cómo perderle.

Estos fariseos que acosan a Jesús dan pena. Ni les importa el hombre lisiado, ni el sábado, ni la Ley, ni la sinagoga. Nada de lo que debería ser grande y santo para ellos, empezando por el hombre, les importa. Solo les importan sus luchas mezquinas de poder. Y estos fariseos dan pena porque sus maniobras contra Jesús son patéticas. Tienen una cosa de bueno: le dan ocasión a Jesús para que nos revele que Él es el señor del sábado; nos revele el sentido que tiene ese señorío; nos revele el valor del hombre, y nos diga:

“Por tanto, es lícito hacer el bien en sábado”.

Y no solo es lícito, sino que hacer el bien es el único sentido del sábado. Porque Jesús nos está diciendo que el sábado ha sido querido por Dios, el Dios bueno y la fuente de todo bien; y que ha sido querido por Dios para que podamos hacer el bien en sábado. Ese es el sentido del sábado y de cualquier otro tiempo.

Ahora el ámbito de la curación se amplía. Así cumplirá Jesús lo dicho por el Profeta:

Jesús, sabiéndolo, se alejó de allí; le siguieron muchos y los curó a todos; y les ordenó que no lo descubriesen, para que se cumpliera lo dicho por medio del Profeta Isaías:

Aquí está mi Siervo, a quien elegí,

mi Amado, en quien se complace mi alma.

Pondré mi Espíritu sobre él

y anunciará la justicia a las naciones.

No disputará ni gritará,

nadie oirá su voz en las plazas.

No quebrará la caña cascada,

ni apagará la mecha humeante,

hasta que haga triunfar la justicia.

Y en su Nombre pondrán su esperanza

las naciones.

Este es el primero de los cuatro «Cantos del Siervo» del libro de Isaías. En este precioso Canto se presenta al Siervo como el Amado de Dios, al que Dios ha elegido; en el que Dios se complace. Con la asistencia de su Espíritu lo enviará a anunciar la justicia a las naciones –con el lenguaje de hoy, esto es la llamada universal a la santidad–. Escogiendo esta página del libro de Isaías, Mateo nos deja una profunda revelación de Jesucristo, de la misión que su Padre le ha encargado, y del modo como el Señor va a cumplir esa misión.

Jesús es Cristo, el ungido con el Espíritu de Dios. Ha venido al mundo a traernos la vida que recibe del Padre. Por eso curó al hombre de la mano seca y a tantos otros; esas curaciones son signos de que con Jesús llega la vida que procede del Dios vivo y dador de vida. Como ya estaba anunciado en el libro de Isaías, Jesús no ha venido a polemizar con los fariseos.

   En Jesús se cumple la profecía del Siervo del Señor, cuyo magisterio amable y discreto había de traer al mundo la justicia que viene del Dios Justo. Solo en su Nombre podemos poner la esperanza porque, como Pedro, lleno del Espíritu Santo, dijo a los Jefes del pueblo y a los ancianos,

“No hay bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos”.

Qué lejos de este misterio del amor de Dios por los hombres están esos fariseos que, al salir de la sinagoga, se pusieron de acuerdo contra Jesucristo para ver cómo perderle.

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