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Llamados a la santidad

 Meditación sobre 1 Tes 4,1-12

Pablo acaba de recibir la buena noticia que Timoteo le ha traído acerca de la fe y la caridad de los de Tesalónica, fe y caridad que van creciendo con paso firme. Con este horizonte escuchamos al Apóstol:

Por lo demás, hermanos, os rogamos y exhortamos en el Señor Jesús a que viváis como conviene que viváis para agradar a Dios, según aprendisteis de nosotros, y a que progreséis más. Sabéis, en efecto, las instrucciones que os dimos de parte del Señor Jesús. Porque esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación. 

Qué párrafo tan magnífico. San Pablo ha recibido del Señor Jesús la revelación, que solo el Hijo puede conocer, que nuestra santificación es la voluntad de Dios. Por eso el Apóstol nos ruega y nos exhorta, en el Señor Jesús, a que vivamos como conviene para agradar a Dios. Y nos dice que seamos conscientes de que el vivir agradando a Dios no tiene límite; siempre se puede crecer en santidad. Que vivamos así es la esperanza que Dios tiene puesta en cada uno. Qué asombrosa familiaridad tiene San Pablo con Dios y con el Señor Jesús.

Ahora el Apóstol se va a centrar en una dimensión de la vida humana que es esencial para progresar en el camino de la santidad:

Que os alejéis de la fornicación, que cada uno de vosotros sepa poseer su cuerpo con santidad y honor, y no dominado por la pasión, como hacen los gentiles que no conocen a DiosQue nadie falte a su hermano ni se aproveche de él en este punto, pues el Señor se vengará de todo esto, como os lo dijimos ya y lo atestiguamos, pues no nos llamó Dios a la impureza, sino a la santidad. Así pues, el que esto desprecia, no desprecia a un hombre, sino a Dios, que os hace don de su Espíritu Santo. 

San Pablo nos invita a saber poseer el cuerpo con santidad y honor, conscientes de que no nos llamó Dios a la impureza, sino a la santidad. Por eso el que se deja dominar por la pasión, no desprecia a un hombre, sino a Dios. Para que seamos capaces de alejarnos de la fornicación y poseer el cuerpo con santidad, Dios nos hace don de su Espíritu Santo. Qué asombroso. Qué importancia debe tener la castidad a los ojos de Dios. Cuánto mal se debe seguir de no alejarse de la fornicación.

Ahora el Apóstol se centra en la caridad:

En cuanto al amor mutuo, no necesitáis que os escriba, ya que vosotros habéis sido instruidos por Dios para amaros mutuamente. Y lo practicáis bien con los hermanos de toda Macedonia. Pero os exhortamos, hermanos, a que continuéis practicándolo más y más; y a que ambicionéis vivir en tranquilidad, ocupándoos en vuestros asuntos y trabajando con vuestras manos, como os lo tenemos ordenado, a fin de que viváis dignamente ante los de fuera, y no necesitéis de nadie.

Otras palabras magníficas. Otras palabras que vuelven a poner de relieve el conocimiento que San Pablo tiene de Dios y de su obrar. Dios es amor y todo amor de Dios nos llega; solo Él nos puede enseñar a amar. Por eso Pablo nos dice que hemos sido instruidos por Dios para amarnos mutuamente. Otra realidad asombrosa. Dios es nuestro Maestro, el único Maestro que puede enseñarnos y hacernos capaces de amarnos mutuamente. Para eso nos ha enviado a su Hijo. Por eso Jesús nos dirá que uno solo es nuestro Maestro y nosotros somos todos hermanos; hermanos unidos por el amor mutuo.

   Los cristianos de Tesalónica están siendo dóciles a la instrucción de Dios, y el Apóstol les dice que no digan basta; que no piensen que ya aman bastante; el amor mutuo, como todo lo que nos llega de Dios, está llamado a crecer.

   Y Pablo concluye con un magnífico programa de vida cristiana: vivir en tranquilidad, ocuparse de los propios asuntos, trabajar con nuestras manos, y vivir dignamente ante los de fuera sin necesitar de nadie. Así es como la Iglesia de Jesucristo ha crecido desde hace dos mil años; y como ha dado un fruto de santidad, de moralidad y de amor, verdaderamente alucinante.

En la misma Carta, un poco más adelante, Pablo nos dice:

Que Él, el Dios de la paz, os santifique plenamente, y que todo vuestro ser –el espíritu, el alma y el cuerpo– se conserve sin mancha hasta la Venida de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es el que os llama y es Él quien lo hará.

Son palabras que llenan el corazón de alegría. La santidad es obra de Dios en nosotros; del Dios de la paz; del Dios fiel a su llamada y a su obra. Nosotros lo que hacemos es dejar obrar a Dios y corresponder en la medida que podamos; para que todo nuestro ser –el espíritu, el alma y el cuerpo– se conserve sin mancha hasta la Venida de nuestro Señor Jesucristo.

   El horizonte de nuestra vida no es la muerte; es la Parusía, la Venida gloriosa de nuestro Señor Jesucristo. Hasta entonces estamos, del modo que solo Dios conoce, en el tiempo de fidelidad de Dios a la llamada que nos ha dirigido y a la obra que realiza en nosotros. En esta página de San Pablo está contenido el misterio de la libertad del cristiano.


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