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El Día del Señor

 Meditación sobre 1 Tes 4,13-5,11

Después de la magnífica instrucción que, de parte del Señor Jesús, el Apóstol ha dado a los cristianos de Tesalónica, Pablo continúa:

Hermanos, no queremos que estéis en la ignorancia respecto de los muertos, para que no os entristezcáis como los demás, que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y que resucitó, de la misma manera Dios llevará consigo a quienes murieron en Jesús.

El corazón del cristianismo es Jesús. No tiene sentido que los cristianos reaccionen como las gentes que no han acogido a Jesucristo en la fe. De la fe brota la esperanza del cristiano. El corazón del cristianismo es Jesús, y el corazón del misterio de Jesús es su Muerte y Resurrección: Dios ha acogido la ofrenda que su Hijo encarnado le ha hecho de su vida por nosotros y le ha resucitado. Si morimos en Jesús, también Dios nos resucitará y nos llevará con Él. Ahora la clave en nuestra vida es morir en Cristo, que es la plenitud de vivir en Cristo.

San Pablo nos va a decir que, sobre la Palabra del Señor, sobre la base de la tradición que nos llega de Jesús, todos andaremos al encuentro del Señor para estar para estar siempre con Él. El Apóstol fundamenta su enseñanza en la revelación, contenida en Mt 24, que Jesús nos ha hecho:

Os decimos eso como Palabra del Señor: Nosotros, los que vivamos, los que quedemos hasta la Venida del Señor no nos adelantaremos a los que murieron. El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en los aires. Y así estaremos siempre con el Señor. Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras. 

La obra misteriosa y omnipotente de Dios pone fin a la historia del mundo: el Señor baja del cielo rodeado de poder y de gloria; viene a buscarnos para dar pleno cumplimiento a su obra. El estar en Cristo, que es para Pablo el ser mismo de la existencia cristiana, no sufre menoscabo alguno por la muerte corporal. Así, los que murieron en gracia permanecen en Cristo, y esta es la garantía de su futura resurrección.

   La clave es que Cristo nos dé a participar de su Resurrección y, para eso, haber muerto en Cristo, y que los que permanezcan hasta la Venida del Señor vivan en Cristo. Así estaremos todos siempre con el Señor, que es lo único que tiene importancia en nuestra vida. Esta esperanza es lo que puede consolarnos ante el terrible misterio de la muerte.

Ante la esperanza de que estaremos siempre con el Señor, el tiempo y el momento no tienen mayor importancia:

En lo que se refiere al tiempo y al momento, hermanos, no tenéis necesidad de que os escriba. Vosotros mismos sabéis perfectamente que el Día del Señor ha de venir como un ladrón en la noche. Cuando digan: «Paz y seguridad», entonces mismo, de repente, vendrá sobre ellos la ruina, como los dolores de parto a la que está encinta; y no escaparán. Pero vosotros, hermanos, no vivís en la oscuridad, para que ese Día os sorprenda como ladrón, pues todos vosotros sois hijos de la luz e hijos del día. Nosotros no somos de la noche ni de las tinieblas. 

Lo esencial del tiempo y el momento de la llegada del Día del Señor es que vendrá cuando menos lo esperemos; que ha de venir como un ladrón en la noche. Por eso hay que estar preparados, vivir en vigilia, para que ese Día no nos sorprenda. Nosotros no vivimos en la oscuridad. Nosotros no somos de la noche ni de las tinieblas. Nosotros somos hijos de la luz e hijos del día. Qué imágenes tan claras y tan preciosas.

   Pablo hace eco a las enseñanzas de Jesucristo. Cuántas veces y de cuántos modos encontramos en los Evangelios la invitación de Jesús a vivir en vigilia de oración. Particularmente importante me es la invitación que nos dirige en Getsemaní cuando, después de sumergirse en la oración hasta las raíces del mal y del pecado, vuelve donde había dejado a Pedro, Santiago y Juan y los encuentra dormidos. Dice a Pedro:

“Simón, ¿duermes?, ¿ni una hora has podido velar? Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil”. 

Y el evangelista nos dice que Jesús se alejó de nuevo y volvió a la oración. Es como si el Señor hubiera interrumpido su oración en el Huerto para dejarnos esta invitación a velar y a orar.

San Pablo glosa, en cierto modo, estas palabras de Jesús:

Así pues, no durmamos como los demás, sino velemos y seamos sobrios. Pues los que duermen, de noche duermen, y los que se embriagan, de noche se embriagan. Nosotros, por el contrario, que somos del día, seamos sobrios; revistamos la coraza de la fe y de la caridad, con el yelmo de la esperanza de salvaciónDios no nos ha destinado para la cólera, sino para obtener la salvación por nuestro Señor Jesucristo, que murió por nosotros, para que, velando o durmiendo, vivamos juntos con Él. Por esto, confortaos mutuamente y edificaos los unos a los otros, como ya lo hacéis.

Qué palabras tan gloriosas. Dios nos ha destinado para obtener la salvación por nuestro Señor Jesucristo, que murió por nosotros, para que, velando o durmiendo, vivamos juntos con Él.

   Aquí está dicho todo. Ahora nos toca a nosotros revestirnos de la armadura de la fe, de la caridad, y de la esperanza para combatir el combate de la fidelidad a Jesucristo. Sabiendo que un aspecto importante de nuestra lucha es confortar y edificar a los demás cristianos.


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