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¿Quién decís que soy Yo?

Meditación sobre Mc 8,27-3


Otra vez Jesús recorriendo los caminos de Galilea, esos caminos que tantas veces le sirvieron de aula para enseñar a sus discípulos. Nosotros le acompañamos.


Salió Jesús con sus discípulos hacia los pueblos de Cesarea de Filipo, y por el camino hizo esta pregunta a sus discípulos: “¿Quién dicen los hombres que soy Yo?” Ellos le dijeron: “Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que uno de los profetas”. Y Él les preguntaba: “Y vosotros, ¿quién decís que soy Yo?” Pedro le contesta: “Tú eres el Cristo”. Y les mandó enérgicamente que a nadie hablaran acerca de Él.


Jesús hace dos preguntas. Con la respuesta a la primera se ve que es buena gente esta de Galilea. Han escuchado a Jesús predicar, le han visto tratar a las personas, curarlas y liberarlas de los espíritus inmundos, y han llegado a la conclusión de que Dios está con Él, que es un hombre de Dios, que está en la línea de los grandes profetas de Israel. 

   La pregunta importante es la segunda: Y vosotros, ¿quién decís que soy Yo? Jesús nos la dirige a cada uno. De la respuesta a esta pregunta depende todo. Lo que Pedro responde es profundo, y necesariamente le ha tenido que ser revelado por el Padre, porque no hay ciencia humana que pueda llevarnos de Jesús de Nazaret al Mesías de Dios, al anunciado por los profetas, al que Dios ha ungido con su Espíritu y nos ha enviado para traernos la Salvación. 

   Jesús aprueba la respuesta de Pedro. Desde ese día, para saber lo que significa el término Cristo hay que mirar a Jesús. Pero Jesús también deja claro que todavía no ha llegado el momento de darlo a conocer. Cuando llegue la hora Él mismo se manifestará como el Rey Mesías. Eso sucedió con la entrada en Jerusalén y luego, ya en la Pasión, en el encuentro con el sumo sacerdote ante el Sanedrín:


Se levantó el Sumo Sacerdote y poniéndose en medio, preguntó a Jesús: “¿No respondes nada? ¿Qué es lo que éstos atestiguan contra ti?” Pero Él seguía callado y no respondía nada. El Sumo Sacerdote le preguntó de nuevo: “¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?” Y dijo Jesús: “Sí, Yo soy, y veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir entre las nubes del cielo”. El Sumo Sacerdote se rasga las túnicas y dice: “¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Habéis oído la blasfemia. ¿Qué os parece?” Todos juzgaron que era reo de muerte.


La Cruz es la consecuencia de la revelación de Jesús de quién es Él; la consecuencia del amor fiel a su Padre Dios que le lleva a manifestar, ante las autoridades de Israel, que Él es el Cristo, el Hijo del Bendito. La Cruz es la consecuencia del testimonio de que Dios lo entronizará como Rey, sentándolo a su derecha en su Trono, y que vendrá con todo su poder. Y todos, también el sumo sacerdote, le veremos.


Enseguida Jesús comienza a revelar el camino que deberá recorrer hasta ser entronizado por su Padre Dios:


Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días. Hablaba de esto abiertamente. Tomándole aparte, Pedro, se puso a reprenderlo. Pero Él, volviéndose y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro, diciéndole: “¡Quítate de mi vista, Satanás! porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres”.


Jesús habla abiertamente de su Pasión. Pero el rechazo, el sufrimiento y la muerte no tienen la última palabra. La última palabra la tiene la Resurrección, la plena manifestación de que Dios Padre ha acogido la entrega que Jesús le ha hecho de su vida por nosotros. 

Jesús nos revela el misterio de Satanás. Su propósito único es apartar a los hombres de la voluntad de Dios. Cualquier hombre puede ser su instrumento, y cualquier pensamiento –sentimiento– humano puede ser el medio para manipularlo. Cuando Pedro habla los pensamientos de Dios, revela al Redentor; cuando se mueve por los pensamientos de los hombres es una marioneta de Satanás.

   En las palabras tan fuertes que dirige a Pedro, el Señor deja claro que a Él lo único que le importa es obedecer a su Padre y llevar a cabo la obra que le ha encomendado realizar; no dejará que nada ni nadie se interponga. Y nos enseña que todo el que no tiene los pensamientos de Dios, el que no vive para hacer la voluntad de Dios, el que no manifiesta el amor a Dios guardando sus mandamientos, personaliza a Satanás. Palabras fuertes, ciertamente; nadie se puede llamar a engaño.


Jesús ha anunciado que su Cruz es el camino de la Resurrección. No hay otro. Ahora nos invita a todos a recorrer ese camino para salvar la vida:


Llamando a la gente a la vez que a sus discípulos, les dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará. Pues ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida? Pues ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida? Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles”.


Para salvar la vida hay que perderla por Jesucristo y por el Evangelio. No hacerlo así es avergonzarse de Cristo y de sus palabras en este mundo marcado por el pecado. Si nos comportamos así, también Jesús se avergonzará de nosotros cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles. ¿Cuánto le dolerá al Señor, que ha dado su vida por nosotros, tener que negarnos ante su Padre Dios y los santos ángeles? Me parece que este fue uno de los dolores más intensos de su Pasión.

   Una vez más Jesús nos habla del encuentro con Él al final de los tiempos. Entonces vendrá con toda su gloria, poder, y majestad y, más que a juzgar en el sentido que entendemos esa palabra, vendrá a certificar delante de su Padre y los ángeles. Ojalá pueda certificar de cada uno de nosotros: ‘Éste no se ha avergonzado de mí en el mundo; éste me ha confesado delante de los hombres y ha dado testimonio del Evangelio con su vida’. 

   De muy diversas maneras Jesús nos dice que lo único importante es la vida eterna, la vida que ha venido a traernos y por la que se ha dejado clavar en la Cruz. Y lo decisivo es el encuentro que tendremos con Él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles. Éste es el encuentro que tenemos que tener siempre delante de los ojos del corazón para entender todas los acontecimientos y circunstancias de nuestra vida a la luz de este encuentro. Si lo hacemos así viviremos con una gran paz, descubriremos la cantidad de cosas de nuestro mundo que no tienen la menor importancia.



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