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El encuentro con Jesús glorioso

Meditación sobre Lc 21,25-36

Las últimas palabras de Jesús antes de la Pasión son de una importancia extrema. Las vamos a meditar para que podamos guardarlas en el corazón y nos llenen la vida de gozo y de paz. Lo primero que Jesús nos revela es su Venida:

“Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas, muriéndose los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo; porque las fuerzas de los cielos serán sacudidas. Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra redención”.

La angustia, el terror y la ansiedad hasta la muerte, forman el marco en el que los hombres veremos venir a Jesucristo glorioso. Y los que hayan permanecido fieles a la elección de Dios cobrarán ánimo y levantarán la cabeza, seguros de que el Hijo del hombre les trae la liberación.

   Jesús glorioso trae la liberación del poder del pecado y de la muerte. Será un día magnífico. Será el día verdaderamente importante en nuestra vida; todo lo demás es preparación. Por eso tenemos que vivir con la mirada puesta en ese encuentro con el Señor; vivir con la esperanza segura de que se acerca nuestra redención.

   Será un día glorioso y será un día terrible. El nuevo y definitivo comienzo hará irrupción en medio de una catástrofe de ámbito universal porque el mundo viejo está pasando. Esta catástrofe está descrita por el Señor con el lenguaje de las Escrituras. Será un día glorioso, que culminará en la visión del Hijo del hombre que viene en una nube con gran poder y gloria para traernos la Redención. La invitación que Jesús nos hace a cobrar ánimo y levantar la cabeza para recibirlo es realmente magnífica.

Luego el Señor nos asegura la verdad de lo que nos está revelando:

Les añadió una parábola: “Mirad la higuera y todos los árboles. Cuando ya echan brotes, al verlos, sabéis que el verano está ya cerca. Así también vosotros, cuando veáis que sucede esto, sabed que el Reino de Dios está cerca. Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”.

En el mundo de la naturaleza los brotes de la higuera –y de todos los árboles–, nos informan que el verano está ya cerca. Jesús nos dice que la misma misión tiene esas señales en el sol, en la luna, en las estrellas de las que nos ha hablado. Nos avisan que el Reino de Dios está cerca. Hay que saber leer los signos de los tiempos, porque lo que es seguro es la llegada del Reino de Dios.

   Al asegurarnos  que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda me parece que Jesús se refiere a su Resurrección. Como explica admirablemente San Pablo en el capítulo 15 de la primera Carta a los Corintios, la Resurrección de Cristo contiene ya toda la obra de la Redención. El Señor nos lo asegura de modo solemne: el cielo y la tierra pasarán; sus palabras, no pasarán.

   Por eso solo de las palabras de Jesús nos podemos fiar. Solo en ellas podemos cimentar nuestra vida para la eternidad. El cielo y la tierra no pueden responder de nuestra vida. Solo lo que arraiguemos en las palabras de Jesús permanecerá para siempre; nada se perderá.

   Qué interesante que tengamos que aprender de la creación a estar atentos a los signos de los tiempos. Es como si el cambio de las estaciones, la higuera y todos los árboles, año tras año, nos estuviesen anunciando la Venida del Señor. La razón última de esto es que Jesús es el Verbo de Dios, y que todo ha sido hecho por Él y para Él. La creación está esperando –ansiosamente, nos dirá San Pablo– la Parusía.

Jesús termina invitándonos, como ha hecho tantas veces, a vivir preparados. En estas palabras el Señor nos revela la esperanza que tiene puesta en nosotros:

“Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida, y venga aquel Día de improviso sobre vosotros como un lazo; porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra. Estad en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza y escapéis a todo lo que está para venir, y podáis estar en pie delante del Hijo del hombre”.

Lo único seguro es que el Día –que realmente será el Juicio– en el que veremos venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria llegará para todos. ¿Cuándo? No sabemos. Pero llegará, y tenemos que estar preparados para que en ese Día podamos estar en pie delante del Hijo del hombre.

   Para eso lo primero es guardarse de todo lo que embota el corazón: el libertinaje, la embriaguez y las preocupaciones de la vida. Jesús nos invita a estar en vela y nos revela que podemos convertirlo todo en oración; la fe cristiana transforma en oración el trabajo, el descanso, la vida de familia, la enfermedad, todo. Por eso podemos estar en vela orando en todo tiempo; así tendremos fuerza para escapar a lo que venga.

   Para el que vive en vela todo le habla de la venida del Hijo del hombre. Estas palabras de Jesús invitándonos a vivir preparando su Venida dan a nuestra vida, a la más ordinaria de las jornadas de nuestra vida, un relieve y un alcance inimaginable. La esperanza de Jesús es que, cuando venga a encontrarse con nosotros, podamos estar en pie delante de Él. Entonces nos llamaremos vencedores.


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