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El Señor es mi luz y mi salvación

Meditación sobre Sal 27

El Salmo 27 es una poderosa revelación de la naturaleza de Dios, una preciosa oración, y un firme acto de fe, de esperanza, y de amor. ¿Quién es el autor de esta revelación? ¿el salmista? No. La sabiduría, la ciencia, y la piedad humana no puede llegar al misterio de Dios. El autor es el Espíritu Santo, que es también el autor de todas esas magníficas revelaciones de las que está cuajado el Libro de Salterio.

El Salmo comienza con un admirable acto de fe:

De David.

El Señor es mi luz y mi salvación,

¿a quién he de temer?

El Señor es el refugio de mi vida,

¿por quién he de temblar?

Cuando se me acercan malhechores

para devorar mi carne,

son ellos, mis adversarios y enemigos,

los que tropiezan y sucumben.

Aunque acampe contra mí un ejército,

mi corazón no teme;

aunque estalle una guerra contra mí,

estoy seguro en ella.

Dios es mi luz, Dios es mi salvación, Dios es el refugio de mi vida. Qué poderosa revelación sobre la naturaleza de Dios y su relación con el salmista; con el salmista que, inspirado por el Espíritu Santo, escribió el Salmo hace ya tantos siglos y por el que, con la asistencia del Espíritu Santo, lo lleva hoy a su oración.

   Si Dios tiene esa relación conmigo, ¿a quién voy a temer? A nada ni a nadie. El contraste entre mi Dios, que es el creador del cielo y de la tierra, y esas criaturas mezquinas es tan grande que, aunque sea un ejército el que acampa contra mí, mi corazón no teme. El poder vivir sin temor no es fruto ni de la fuerza, ni de la riqueza, ni de la ciencia humana. Es fruto del Amor que Dios me tiene. Por eso hay que pedir a Dios que nos de una conciencia cada vez más clara del Amor que nos tiene. En ese Amor puedo fundar mi vida para la eternidad. Todo lo demás pasará.

   El salmista recurre a metáforas fuertes para expresar la total confianza que tiene en Dios, y la seguridad de que su Dios le protegerá de todos los peligros. Pero expresa también, como tantos Salmos, la terrible realidad del poder de los enemigos que le acechan. Las expresiones resaltan con viveza la situación de cualquier hombre que quiera ser fiel a Dios. El odio del mundo a Dios descarga sobre todo el que quiera ser fiel a Dios. La Cruz de Cristo es el horizonte para entender estos textos del justo perseguido que son tan frecuentes en los Salmos.

El Salmo continúa:

Una cosa pido al Señor,

solo esta busco:

habitar en la Casa del Señor,

todos los días de mi vida,

para contemplar la belleza del Señor

y admirar su Templo.

Él me ocultará en su tienda en los días aciagos;

me esconderá en lo secreto de su morada,

me subirá a lo alto de una roca.

Entonces será exaltada mi cabeza sobre los enemigos que me cercan;

ofreceré en su morada sacrificios jubilosos,

cantaré y entonaré salmos al Señor.

Jesús responderá a este nobilísimo deseo del salmista de un modo inimaginable. Escuchando las palabras que el Hijo de Dios dirige a sus discípulos en el Cenáculo da la impresión que ha venido al mundo para satisfacer los deseos del corazón de este hombre. Habla Jesús:

“No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté Yo estéis también vosotros”.

Estas palabras de Jesús dan la respuesta definitiva –respuesta a la medida del Amor y del Poder de Dios– a tantísimos textos de las Escrituras de Israel donde se manifiesta el deseo de buscar el rostro de Dios, de contemplarlo cara a cara, de habitar en la Casa del Señor, de vivir para siempre cantando y entonando salmos al Señor. Todos estos deseos, y muchos otros similares, encuentran un cumplimiento inimaginable en estas palabras de Jesucristo: «voy a prepararos un lugar en la Casa de mi Padre».

Escucha mi voz, Señor: yo te invoco;

ten piedad de mí, respóndeme.

De ti piensa mi corazón:

«Busca su Rostro».

Tu Rostro, Señor, buscaré.

No me escondas tu Rostro.

No rechaces con ira a tu siervo.

Tú eres mi auxilio:

no me rechaces, no me abandones,

Dios de mi salvación.

Aunque mi padre y mi madre me abandonen,

el Señor me recogerá.

Qué forma tan confiada y preciosa de tratar a Dios con una oración que brota de lo más íntimo del corazón que ansía ver el Rostro de Dios. Otra vez, y de qué manera, Jesús de Nazaret, es la respuesta de Dios a la petición del salmista. Dios no esconde su Rostro, porque Jesús, el Hijo de María, es el Rostro humano de Dios.

   Ser cristiano es aprender a ver el Rostro de Dios en el niño de Belén, en el carpintero de Nazaret, en el Crucificado. Es descubrir en el rostro de Jesús al Dios de mi salvación, al Dios que es rico en misericordia y grande en perdonar. Ser cristiano es aprender a contemplar el Rostro de Dios en todo rostro humano, principalmente en el de los niños y los enfermos.

Indícame, Señor, tu camino,

guíame por el sendero recto

a causa de los que me persiguen.

No me entregues al capricho de mis adversarios,

pues se levantan contra mí falsos testigos,

que respiran violencia. 

Seguro estoy de ver la bondad del Señor

en la tierra de los vivos.

Espera en el Señor,

ten valor y firme corazón,

¡Espera en el Señor!

La confianza del salmista en Dios le lleva a pedirle todo lo que necesita. Le lleva a la seguridad de que verá la bondad del Señor en la tierra de los vivos. Y le lleva a terminar su oración con esa poderosa invitación que dirige a su alma al valor y a la reciedumbre; y a esperar en el Señor. Qué Salmo tan magnífico.


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