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Beberéis mi cáliz

 Meditación sobre Mt 20,17-28

Nos dice San Mateo:

Cuando subía Jesús camino de Jerusalén tomó aparte a sus doce discípulos y les dijo: “Mirad, subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas, le condenarán a muerte, y le entregarán a los gentiles para burlarse de Él y azotarlo y crucificarlo, pero al tercer día resucitará”.

Jesús nos dice que sube a Jerusalén para cumplir la voluntad de su Padre Dios. Es lo que la expresión «será entregado» significa. En último extremo todo responde al designio de Dios. Por eso la última palabra la tendrá la Resurrección de Jesucristo. Es el designio de Dios, y el amor obediente y humilde de Jesús a su Padre, lo que da valor redentor al sufrimiento de la Pasión; y a la burla. Qué importancia tiene la burla en estas palabras del Señor: “para burlarse de Él”. Si escuchas con detenimiento los cuatro relatos de la Pasión de Cristo que los Evangelios nos han dejado, descubres la importancia que tiene para la Redención que Jesús cargue con todo el burlarse de Dios y del hombre que brota del pecado.

   Este es el tercer y último anuncio de la Pasión que Jesús deja a sus discípulos. La triple repetición manifiesta la importancia que Jesús da a que sus doce discípulos estén preparados para lo que se van a encontrar y puedan apropiárselo. San Pablo lo entendió perfectamente, y en la Carta a los Gálatas nos deja su biografía:

Con Cristo estoy crucificado: vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Y la vida que vivo ahora en la carne la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí.

Qué manera tan cristiana de entender la propia vida a la luz de la fe y del amor del Hijo de Dios. De este modo de entender la vida brota el agradecimiento y el deseo de corresponder.

Con este horizonte seguimos escuchando al evangelista:

Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró ante Él para hacerle una petición. Él le preguntó: “¿Qué quieres?” Ella le dijo: “Di que estos dos hijos míos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda”. Jesús respondió: “No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que Yo he de beber?” “Podemos” le dijeron. Él añadió: “beberéis mi cáliz; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde concederlo, sino que es para quienes está dispuesto por mi Padre”.

Todas las palabras de Jesús se mueven en el horizonte de su obediencia a Dios Padre. El cáliz que tiene que beber es llevar hasta el final el designio de Dios para Él. A esto es a lo que invita a sus discípulos.

   Ante la magnífica respuesta de Santiago y Juan Jesús les asegura que también ellos beberán su cáliz. Y así fue: el apóstol Santiago fue decapitado por Herodes pocos años después, y Juan tuvo por delante una muy larga vida de amor y obediencia a Dios. Fruto de esa larga vida es el conjunto de Escritos que nos ha dejado en el Nuevo Testamento, y que tantísimo bien nos ha hecho a los cristianos de todos los tiempos. En el Evangelio de San Juan, Jesús nos ha dejado una profunda revelación sobre su amor obediente y humilde al Padre. El tesoro de este Evangelio manifiesta que Juan ha bebido el cáliz de nuestro Señor hasta el final.

   Qué mujer tan grande debió ser la madre de estos dos discípulos de Jesús. También ella bebió el cáliz de Cristo.

Ahora Jesús nos va a dejar un revelación admirable:

Al oír esto, los diez se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús les llamó y les dijo: “Sabéis que los que gobiernan las naciones las oprimen y los poderosos las avasallan. No tiene que ser así entre vosotros; al contrario: quien entre vosotros quiera llegar a ser grande, que sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea vuestro esclavo. De la misma manera que el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención de muchos”.

La clave es lo que Jesús nos dice de sí mismo y de la razón de su venida al mundo. Y lo que nos dice es que ha venido al mundo a obedecer a Dios; que el Padre le ha  enviado para servir; y que su servicio es la Redención, el dar su vida para liberarnos del poder del pecado.

   De esta revelación brotan las consecuencias: en la Iglesia de Jesucristo, el que quiera ser grande a los ojos de Dios tiene que ser servidor de todos –lo que suceda en el mundo del poder no tiene el menor interés, no es referente para el cristiano–; servir es colaborar con Cristo en la obra de la Redención; y hay que servir hasta dar la vida. Para eso estamos los cristianos en el mundo. Así obedecemos a nuestro Padre Dios y bebemos el cáliz de Jesucristo.


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