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Era de noche

Meditación sobre Jn 13,21-32

Estamos en la Última Cena. Jesús, que sabe que el diablo ya ha sugerido en el corazón de Judas, hijo de Simón, que lo entregue, anuncia a sus discípulos la traición del Iscariote. Lo va a hacer profundamente conmovido.

Jesús se conmovió en su espíritu y declaró: “En verdad en verdad os digo que uno de vosotros me entregará”. Los discípulos se miraban unos a otros sin saber de quién hablaba. Uno de sus discípulos, el que Jesús amaba, estaba a la mesa al lado de Jesús. Simón Pedro le hace una seña y le dice: “Pregúntale de quién está hablando”. Él, recostándose sobre el pecho de Jesús, le dice: “Señor, ¿quién es?” Le responde Jesús: “Es aquel a quien dé el bocado que voy a mojar”. Mojando, pues, el bocado, lo toma y se lo da a Judas, hijo de Simón Iscariote.

Con qué delicadeza trata Jesús a Judas Iscariote: lo ha sentado a su mesa, le ha lavado los pies, le ha acogido en esa enseñanza tan preciosa que Jesús pronuncia después del lavatorio de los pies de sus discípulos –una enseñanza en la que tener parte con Él y llegar a ser bienaventurados tiene una importancia grande– y, ahora, tiene con Judas esa muestra de amistad –y delicada invitación a enmendar sus perversas maquinaciones– que es ofrecerle un bocado. De nada sirven todas esas manifestaciones de amor que Jesús tiene con su discípulo. La entrada de Satanás, que nos va a relatar enseguida el evangelista, indica que desde ese momento Judas se abandona completamente a la tentación diabólica.

Y entonces, tras el bocado, entró en él Satanás. Jesús le dice: “Lo que vas a hacer, hazlo pronto”. Ninguno de los comensales entendió por qué se lo decía. Como Judas tenía la bolsa algunos suponían que Jesús le encargaba comprar lo necesario para la fiesta, o que diera algo a los pobres. En cuanto tomó Judas el bocado, salió. Era de noche.

Cómo le afecta a Jesús el ser entregado por uno de sus discípulos. A la pregunta del discípulo al que amaba responde con un último gesto de afecto con Judas. Ese gesto dispara el mecanismo de la traición: el hijo de Simón Iscariote rechaza el amor de Jesús y abre su corazón al diablo: entró en él Satanás. Aquí está la clave del comportamiento de Judas. Lo demás –que era ladrón, quizá un fanático zelote, etc.– es secundario. La clave es el corazón. La clave es si abrimos el corazón al Espíritu Santo o a Satanás.

   Durante años Judas ha oído las palabras de Jesús, pero no les ha abierto su corazón. A Satanás, sí. El hombre que había sido elegido por Jesús para llevar el Reino de Dios al mundo termina siendo un servidor de Satanás. Ya no hay nada que hacer, y Jesús le dice que actúe cuanto antes. El Señor está preparado desde hace mucho tiempo.

   El Señor no descubre al traidor públicamente. Cuando Judas sale sus compañeros no saben dónde va; pero el evangelista, que escribe muchos años después, sí: En cuanto tomó Judas el bocado, salió. Era de noche. Qué expresión tan terrible. Judas ha salido a la noche, al poder de las tinieblas. Judas ha dejado la Luz del mundo en el Cenáculo y se ha sumergido en el mundo del pecado, buscando dar la muerte al que es la Vida. Pobre hombre.

   Los discípulos están ajenos a la turbación del corazón de Jesús y al drama que en el Cenáculo se está desarrollando. Judas tiene un triste papel en ese drama. Es un drama que tuvo su primera escena el día que Dios dijo a Caín:

“¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo”.

Es un drama que culminará con la Sangre derramada de Jesús, que clama mejor que la de Abel. El Padre escuchará el clamor de la Sangre de su Hijo.

   Qué misterio tan insondable es el pecado. ¿Por qué Judas no dejó a Jesús antes? Tuvo muchas oportunidades para alejarse del Señor si tenía otros planes, otras ideas, otros proyectos. Pudo irse, con otros muchos que hasta entonces habían seguido a Jesús, el día en el Señor habló claramente de la Eucaristía en la sinagoga en Cafarnaúm.

   Judas se dará cuenta enseguida que no ha sido más que una marioneta en manos del poder del pecado. Nos lo cuenta san Mateo:

Llegada la mañana, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo celebraron consejo contra Jesús para darle muerte. Y después de atarlo, le llevaron y le entregaron al procurador Pilato. Entonces Judas, el que lo entregó, viendo que había sido condenado, fue acosado por el remordimiento, y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos, diciendo: “Pequé entregando sangre inocente”. Ellos dijeron: “A nosotros, ¿qué? Tú verás”. Él tiró las monedas en el Santuario; después se retiró, y fue, y se ahorcó.

¿Por qué Judas no fue a pedir perdón a Jesús? No hubieran sido necesarias las palabras, hubiese bastado un cruce de miradas con Jesús, como pasará pocas horas después con Pedro. Si Judas hubiera buscado el perdón de Jesús lo habría encontrado; y podría haber dedicado el resto de su vida a llorar amargamente su pecado; y esas lágrimas habrían purificado su corazón. ¿Por qué no lo hizo? Para mí ésta es la parte más incomprensible del misterio de Judas. Porque este hombre había sido testigo durante años de la misericordia de Jesús. Le había visto acoger en su mesa a los pecadores, perdonar los pecados a todo el que se lo pidió con fe, compadecerse de los más pobres y desamparados, le había oído parábolas tan admirables como la del padre misericordioso. ¿Cómo este hombre no ha llegado a conocer el Corazón de Jesús? Porque conocer el Corazón de Jesús es lo esencial en la vida del discípulo. Qué misterio tan insondable. Éste relato es una advertencia que el Espíritu Santo nos hace.

Con la salida de Judas a la noche desaparece la turbación del corazón de Jesús:

Cuando salió, dice Jesús: “Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en Él. Si Dios ha sido glorificado en Él, Dios también le glorificará a Él en sí mismo; y le glorificará pronto”.

Llega el momento de la glorificación de Jesús. Ésta se refiere sobre todo a la gloria que Cristo recibirá a partir de su exaltación en la Cruz. El evangelista subraya que la muerte de Cristo es el comienzo de su triunfo y, al mismo tiempo, glorificación del Padre.

   Con la salida de Judas a la noche la Pasión ha comenzado. Para Jesús ya está todo consumado: sabe que el Padre va a aceptar el ofrecimiento de su vida por nosotros y lo va a exaltar en su gloria. La gloria es la manifestación del amor y de la obediencia. El Sacrificio de Cristo expresará el amor obediente y humilde de Jesús a su Padre Dios, y manifestará la plenitud del amor que Dios nos tiene. Estas palabras de Jesús son una profunda revelación de la comunión de vida con su Padre que la glorificación manifestará.

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