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¿Qué Dios hay como Tú?

 Meditación sobre Miq 7


¿Para qué nos ha enviado Dios a su Hijo? ¿Para qué ha venido el Hijo de Dios al mundo? Jesús nos va a responder a esta doble pregunta: primero nos dirá a qué no ha venido; luego, cuando nos dice a qué ha venido, sus palabras son escalofriantes:


“No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. Sí, he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y enemigos de cada cual serán los que conviven con él”.


En estas palabras de Cristo, en las que deja claro que lo único realmente importante en nuestra vida es la relación personal con Él, culmina lo que el oráculo de Miqueas, el último de los cuatro grandes profetas escritores del siglo VIII, ya nos había anticipado:


No creáis al prójimo, 

no confiéis en el amigo; 

guarda las puertas de tu boca 

hasta de la que se acuesta en tu regazo. 

Porque el hijo ultraja al padre, 

la hija se alza contra su madre, 

la nuera, contra su suegra: 

los enemigos del hombre son los de su propia casa.


En este oráculo tan terrible estaba ya anunciado lo que Jesús nos revela. La falta de fe en el prójimo; la falta de confianza en el amigo y el mantener la boca cerrada hasta con la propia esposa; la violencia en el ámbito de la propia familia, todo dice relación a Jesucristo. No es una cuestión de moral social, es una cuestión de relación de cada persona con el Señor. 

   Los oráculos de los profetas de Israel hay que escucharlos a la luz de las palabras de Jesús. El horizonte, y la clave de comprensión de las palabras de los profetas, es Cristo Jesús. Esa es la grandeza de los profetas de Israel: inspirados por el Espíritu Santo, hablan de Cristo; todos sus oráculos se ordenan a preparar la venida de Cristo; y en Cristo alcanzan su cumplimiento. Es la inspiración del Espíritu Santo lo que da unidad fuerte y viva a las Sagradas Escrituras.


Por contraste con lo que el profeta aconseja, lo que Miqueas vive: 


Pero yo miraré al Señor, 

esperaré en Dios mi salvador; 

mi Dios me escuchará.


Qué palabras tan preciosas. Desde luego este hombre es un santo. Cómo confía en Dios. Qué admirable programa de vida. Cuánta necesidad tenemos de pedirle a Dios la gracia necesaria para vivir estas palabras. Mirar al Señor: ver su rostro en la creación y en todas las personas a las que dirijamos la mirada. Esperar en Dios nuestro salvador. ¿En quién si no vamos a esperar? Solo en Dios la esperanza se abre a la salvación, a la vida eterna; toda otra esperanza nos defraudará. Dirigir a Dios nuestra palabra con la seguridad de que nos escucha. 

   Porque tiene seguridad de que el Señor le escuchará, el profeta dirige su mirada al pueblo de Israel y su oración a su Dios, pidiéndole con confiada esperanza:


Apacienta a tu pueblo con tu cayado, 

al rebaño de tu heredad, 

que habita solitario en los sotos, 

en medio de huertos fértiles. 

Que pasten en Basán y Galaad 

como en los días de antaño. 

Como en los días de la salida de Egipto, 

muéstranos los prodigios. 


Después de esta oración tan sentida, en la que el profeta trata a su Dios como al Pastor de Israel, y al pueblo de Dios como al rebaño de su heredad; después de pedirle a Dios que manifiesta sus prodigios como en los días de antaño, como en los días de la salida de Egipto, el libro de Miqueas termina con un precioso Himno al Señor:

 

¿Qué Dios hay como Tú, 

que quita la iniquidad, 

y pasa por alto el delito 

del resto de tu heredad? 

Porque no guarda su ira para siempre, 

y se complace en la misericordia. 

Volverá a compadecerse de nosotros, 

sepultará nuestras iniquidades 

y lanzará al fondo del mar 

todos nuestros pecados. 

Darás tu fidelidad a Jacob, 

tu misericordia, a Abrahán, 

las que juraste a nuestros padres 

desde los tiempos antiguos.


Los profetas de Israel han profundizado de un modo único en el misterio del amor de Dios por su pueblo, ese amor de Dios que, desde que entró el pecado en el mundo, se ha convertido en misericordia, en amor siempre dispuesto a perdonar a todo el que se lo pida, en la disponibilidad a perdonar a Israel de todos sus pecados. Este misterio de la misericordia de Dios, que alcanza su pleno cumplimiento en la Cruz de Cristo, donde se manifiesta que Dios es rico en misericordia, es la más profunda verdad que el Espíritu Santo ha revelado a los profetas de Israel. Desde luego, los profetas han hecho grande a Israel.


Este precioso Himno con el que se cierra el libro de Miqueas, da razón de lo que sucedió cuando Jesús fue crucificado. Nos dice San Lucas:


Llegados al lugar llamado Calvario, le crucificaron allí a Él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. 


Jesús sabe que su Padre, no solo quita la iniquidad, pasa por alto el delito y lanzará al fondo del mar 

todos nuestros pecados, sino que se complace en la misericordia. Realmente, experimentas el misterio de la misericordia de Dios, y sientes la necesidad de preguntarle : ¿Qué Dios hay como Tú?



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