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La Cena del Señor

 Meditación sobre 1 Cor 11,17-34


Esta es una de las páginas más notables de los escritos de San Pablo. Comienza con la descripción de las asambleas litúrgicas de la Iglesia de Corinto; esta parte es, como veremos enseguida, profundamente entristecedora. Queda  claro que, si no escuchan al Apóstol y cambian radicalmente, la Iglesia de Corinto desaparecerá en breve plazo; quedará reducida a un conjunto de sectas que se irán disolviendo en el paganismo circundante. La Iglesia Católica no puede subsistir si no vive con profundidad el Misterio Eucarístico y la unidad que brota de ese Misterio.


La situación en Corinto:


Y al daros estas disposiciones, no os alabo, porque vuestras reuniones son más para mal que para bien. Pues, ante todo, oigo que, al reuniros en la asamblea, hay entre vosotros divisiones, y lo creo en parte. Desde luego, tiene que haber entre vosotros también disensiones, para que se ponga de manifiesto quiénes son de probada virtud. 

   Cuando os reunís, pues, en común, eso ya no es comer la Cena del Señor; porque cada uno come primero su propia cena, y mientras uno pasa hambre, otro se embriaga. ¿No tenéis casas para comer y beber? ¿O es que despreciáis a la Iglesia de Dios y avergonzáis a los que no tienen? ¿Qué voy a deciros? ¿Alabaros? ¡En eso no os alabo!


La Cena del Señor es la mayor manifestación de amor y de unidad que se puede vivir en la Iglesia de Cristo. El egoísmo, la intemperancia, y el orgullo, ahondan las divisiones y llevan al desprecio de la Cena del Señor y de la Iglesia de Dios. 


Ahora, de forma admirable, nos va a decir Pablo lo que él ha recibido del Señor en la tradición de la Iglesia, y lo que ha entregado a la Iglesia de Corinto:


Porque yo recibí del Señor lo que también os transmití: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: “Este es mi cuerpo que se da por vosotros; haced esto en memoria mía”. Asimismo también la copa después de cenar diciendo: “Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre. Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en memoria mía”. Porque cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga. 


Admirable página. Qué importancia tiene la Iglesia; y qué importancia tiene la unidad de la Iglesia, en la que se recibe, se vive, y se entrega a la generación siguiente el Misterio de la Eucaristía. Con la mediación de la Iglesia recibe San Pablo del Señor, y vive en su memoria, el Misterio de la Cena del Señor; y con la mediación de la Iglesia, lo transmite. Eso ha sido así hasta hoy en todos los rincones del mundo. 

   La clave es vivir lo que el Señor Jesús vivió, lo que nos ha dicho que vivamos porque Él lo ha vivido por cada uno de nosotros. Vivirlo en memoria suya; y con las mismas intenciones con las que Él lo vivió. Así, cada vez que participamos en la Cena del Señor anunciamos su muerte; hasta que venga; damos testimonio de nuestra fe en la Muerte y Resurrección de Jesucristo; y vivimos esperando su Venida gloriosa. Cómo transforma nuestra vida y cómo abre horizontes el vivir la Eucaristía en memoria del Señor.


Me parece que lo que hay que hacer es meditar en la oración las palabras de San Pablo. Hay que procurar meterse en el corazón de Cristo en esa noche en que fue entregado; y hay que hacerlo pidiéndole gracia al Espíritu Santo, para comprender y vivir, cada vez con más profundidad, este misterio de Amor.


Ante el Amor que Dios nos tiene, que nos dio a su Hijo Único para que todo el que crea en Él no perezca sino que tenga vida eterna, podemos llegar a comprender lo que vamos a escuchar al Apóstol:


Por tanto, quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma así el pan y beba de la copa. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo del Señor, come y bebe su propia condenación. 


Qué palabras tan fuertes y tan realistas. Cómo subrayan la presencia de Cristo Muerto y Resucitado en las especies del pan y del vino. Y cómo revelan la capacidad de maldad que tenemos cada hombre, de llegar a ser reos del Cuerpo y de la Sangre del Señor, de llegar a comer y beber nuestra propia condenación. Qué misterio tan asombroso es el del corazón del hombre, y el del abismo de maldad que puede abrigar ese corazón. Un abismo al que solo podemos asomarnos contemplando el misterio del Cuerpo y la Sangre de Cristo y considerando nuestra culpa en ese misterio. Cómo nos tienen que alertar estas palabras del Apóstol, y cuánto tenemos que pedirle al Espíritu Santo que nos ayude a vivir con humildad, piedad, y agradecimiento la Eucaristía.


Por eso hay entre vosotros muchos enfermos y muchos débiles, y mueren no pocos. Si nos juzgásemos a nosotros mismos, no seríamos castigados. Mas, al ser castigados, somos corregidos por el Señor, para que no seamos condenados junto con el mundo. Así pues, hermanos míos, cuando os reunáis para la Cena, esperaos los unos a los otros. Si alguno tiene hambre, que coma en su casa, a fin de que no os reunáis para castigo vuestro. Lo demás lo dispondré cuando vaya.


No nos juzgamos a nosotros mismos. Cuando alguien participa de la Cena del Señor de modo indigno, incurre en el juicio de Jesucristo. Entonces lo que es alimento de vida eterna se convierte en instrumento de muerte. En Corinto esto se ha evidenciado ya. En esos enfermos, esos débiles, y los no pocos muertos, hay que reconocer la mano de Dios por la conducta indigna de esas personas. Pero este castigo es otra manifestación más del amor que el Señor nos tiene, que es la clave de todo lo que nos dice San Pablo. Y, por el amor que nos tiene, el Señor nos corrige porque quiere salvarnos, y no quiere que no seamos condenados junto con el mundo. Qué misteriosa es nuestra relación con Jesucristo. Qué particular profundidad presta a nuestra vida. Qué importancia tiene para el Señor nuestra libertad.



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