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El Espíritu Santo y la Iglesia

 Meditación sobre 1 Cor 12,1-13


En esta página San Pablo nos revela una dimensión de la acción del Espíritu Santo en el misterio de la Iglesia de Jesucristo:


En cuanto a los dones del Espíritu, no quiero, hermanos, que estéis en la ignorancia. Sabéis que cuando erais gentiles, os dejabais arrastrar ciegamente hacia los ídolos mudos. Por eso os hago saber que nadie, hablando con el Espíritu de Dios, puede decir: «¡Anatema es Jesús!»; y nadie puede decir: «¡Jesús es Señor!» sino con el Espíritu Santo.


San Pablo quiere cortar de raíz toda confusión que los cristianos de Corinto pudieran conservar del tiempo en que vivían en la idolatría. Por eso deja claro que la Iglesia, solo la Iglesia, es el lugar donde obra el Espíritu Santo; el lugar donde, con el Espíritu Santo, se puede confesar: «¡Jesús es Señor!». La Iglesia es el lugar donde nadie permanece en la ignorancia acerca de Cristo Jesús, el Hijo Unigénito de Dios venido en carne; porque el Espíritu Santo nos lo revela. Y esa revelación –verdadero carisma, don gratuito– es el criterio de juicio de todo otro carisma. La Iglesia es el lugar donde nadie, hablando con el Espíritu de Dios, puede decir: «¡Anatema es Jesús!».

   Qué lugar tan asombroso es la Iglesia de Jesucristo. Qué privilegiados somos los cristianos. Cuánto tenemos que agradecer a Dios que nos haya traído a su Iglesia. Qué compromiso tan exigente el hacer honor a nuestra condición de miembros de la Iglesia. Por eso, cuánto tenemos que pedirle al Espíritu Santo para que nos ayude a vivir nuestra vocación, para que nos dé todos los dones necesarios para confesar siempre, con nuestras palabras y nuestros actos, que «¡Jesús es Señor!».

   Solo con la acción del Espíritu Santo podemos confesar la fe en Jesús. Eso significa que, cualquier manifestación de nuestra fe en el Señor, ya sea el trabajar con honradez y competencia, el tratar a las personas con cuidado y respeto, el rezar con piedad, etc. etc., lo hacemos bajo la acción del Espíritu Santo. Toda nuestra vida cristiana está marcada con el sello del obrar del Espíritu de Dios. Confesar que «¡Jesús es Señor!» es lo que da unidad a nuestra vida.


El misterio de la unidad de la Iglesia, nos dice ahora el Apóstol, es un misterio Trinitario: 


Hay diversidad de carismas, pero uno solo es el Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero uno solo es el Señor; hay diversidad de operaciones, pero uno solo es Dios, que obra todo en todos. 


Qué párrafo tan magnífico, tan elegante, y tan revelador. San Pablo nos dice que el misterio de la Iglesia es el misterio de la unidad en la diversidad. Porque uno solo es el Espíritu, la diversidad de carismas no produce división en la Iglesia, sino que obra a favor de la unidad en el Espíritu. Tampoco la diversidad de ministerios desune, porque uno solo es el Señor del que esos ministerios proceden. Y, como uno solo es Dios, que obra todo en todos, la diversidad de operaciones y obras fortalece la unidad. Así crece la vida de la Iglesia. 

   Por apropiación los carismas, dones gratuitos, se reportan todos al Espíritu Santo, que es Dios comunicándose, el gran «Don» de Dios. Como ministerios o servicios, se apropian todos a Cristo, el Rey y Señor que gobierna la Iglesia. Como actos de poder, se conducen al Padre, fuente de todo ser y de toda actividad, que opera todas las cosas por su Verbo y por su Espíritu.


Ahora el Apóstol se va a centrar en la obra del Espíritu en la Iglesia:


A cada cual se le otorga la manifestación particular del Espíritu para provecho común: porque a uno se le da, por el Espíritu, palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe, en el mismo Espíritu; a otro, carismas de curaciones, en el único Espíritu; a otro, poder de milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversidad de lenguas; a otro, don de interpretarlas. Pero todas estas cosas las obra un mismo y único Espíritu, distribuyéndolas a cada uno en particular según su voluntad.


Todo en la Iglesia es obra de un mismo y único Espíritu, que  distribuye sus dones a cada uno en particular según su voluntad; siempre para provecho común. Toda esta riqueza de dones, de gracias, de carismas, que el Espíritu nos da, y cada uno pone al servicio de todos, es necesaria para el crecimiento de unidad y de la santidad en la Iglesia; para que la Iglesia lleve a cabo en todos los rincones del mundo su obra de glorificación de Dios y de salvación de los hombres. Para el que es amigo de la historia de la Iglesia es un gozo ir siguiendo el desarrollo de cada uno de estos dones del Espíritu a lo largo del tiempo; contemplando cómo, los carismas del Espíritu, se van adaptando a las diversas culturas y situaciones históricas. Qué misterio tan rico es el de la Iglesia de Jesucristo. Esta riqueza de dones del Espíritu es la razón de la belleza de la Iglesia de Dios a lo largo de los siglos.


¿Cómo es posible que siendo tan distintos los dones del Espíritu, la manifestación particular de cada uno de ellos sea para provecho común? San Pablo nos va a dar la respuesta: porque todos somos miembros de un mismo cuerpo, que es el Cuerpo de Cristo. 


Pues del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo, así también Cristo. Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres; y todos hemos bebido de un solo Espíritu.


La enseñanza de Pablo acerca de la Iglesia como cuerpo de Cristo es de una importancia grande. Parte de la realidad de que hemos sido todos bautizados en un solo Espíritu, que todos hemos bebido de un solo Espíritu para no formar más que un cuerpo. A ese cuerpo podemos pertenecer todos: judíos y griegos, esclavos y libres. Somos cuerpo de Cristo y cada uno un miembro de él. Por eso todos los carismas, hasta los más humildes, son esenciales para la vitalidad del cuerpo de Cristo. Y el ejercicio de las gracias, que del Espíritu de Cristo recibimos cada uno, no solo no separa ni divide, sino que fortalece la unidad de la Iglesia. La pluralidad en la Iglesia es garantía de unidad.



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