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El agrado de Dios

 Meditación sobre 1 Cor 10,1-14


Pablo ha terminado el capítulo anterior aplicando a su propia vida la práctica del mundo de los  atletas, que se privan de todo por una corona corruptible: 


Así pues, yo corro, no como a la ventura; y ejerzo el pugilato, no como dando golpes en el vacío, sino que golpeo mi cuerpo y lo esclavizo; no sea que, habiendo proclamado a los demás, resulte yo mismo descalificado.


Pablo no se fía de su cuerpo. Sabe que, incluso habiendo proclamado el Evangelio a otros, puede resultar descalificado. Ahora va a comentar esta última palabra. Pablo advierte a los cristianos de Corinto –y nos advierte a nosotros– que es muy real el peligro de ser reprobado; lo demuestran no pocos ejemplos de la historia de Israel.


No quiero que ignoréis, hermanos, que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube y todos atravesaron el mar; y todos fueron bautizados en Moisés, por la nube y el mar; y todos comieron el mismo alimento espiritual; y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que les seguía; y la roca era Cristo. Pero la mayoría de ellos no fueron del agrado de Dios, pues sus cuerpos «quedaron tendidos en el desierto».


Qué fuerza tiene esta página. Comienza con la liberación de la esclavitud de Egipto por las obras de poder de Dios, y termina diciéndonos que la mayor parte del pueblo de Israel que había sido destinatario de la misericordia de Dios no entró en la Tierra Prometida. Sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto. ¿Por qué? Porque no fueron del agrado de Dios. El agrado de Dios es la clave. Siempre. Por eso San Pablo sabe que, aunque haya proclamado el Evangelio a los demás, él mismo puede resultar reprobado si no vive agradando a Dios.


Moisés es figura de Cristo. Pablo evoca la nube y el paso del mar Rojo -figuras del bautismo- , el maná y el agua de la roca -figuras de la Eucaristía- para invitar a los corintios a la prudencia y la humildad. Los hebreos en el desierto se beneficiaron, en cierto modo, de los mismos dones que los cristianos de Corinto. Sin embargo, en su mayoría, no fueron del agrado de Dios. Ahora nos dice el Apóstol cómo fue esto:


Estas cosas sucedieron en figura para nosotros, para que no codiciemos lo malo como ellos lo codiciaron. No os hagáis idólatras al igual que algunos de ellos, de los que dice la Escritura: «Sentóse el pueblo a comer y a beber y se levantó a divertirse». Ni forniquemos como algunos de ellos fornicaron y cayeron muertos 23.000 en un solo día. Ni tentemos al Señor como algunos de ellos le tentaron y perecieron víctimas de las serpientes. Ni murmuréis como algunos de ellos murmuraron y perecieron bajo el Exterminador Todo esto les acontecía en figura, y fue escrito para aviso de los que hemos llegado a la plenitud de los tiempos. 


La vida de Israel durante los años de la travesía del desierto es una magnífica enseñanza que Dios nos ha dejado. Todo en esta enseñanza es figura –y una figura de un realismo extremo– para que nosotros aprendamos a vivir agradando a Dios, para que no codiciemos lo malo como ellos lo codiciaron. 

   San Pablo nos dice que el comportamiento que desagrada a Dios es, primero, la idolatría; luego, la fornicación; en tercer lugar, el tentar al Señor; y, por último, la murmuración. La consecuencia de este comportamiento es lo que Dios anunció a Israel por medio de Moisés y que está recogido en el Libro de los Números:


“Por mi vida  –oráculo de Yahveh– que he de hacer con vosotros lo que habéis hablado a mis oídos. Por haber murmurado contra mí, en este desierto caerán vuestros cadáveres, los de todos los que fuisteis revistados y contados, de veinte años para arriba. (...) Vuestros cadáveres caerán en este desierto, y vuestros hijos serán nómadas cuarenta años en el desierto, cargando con vuestra infidelidad, hasta que no falte uno solo de vuestros cadáveres en el desierto. (...) Así sabréis lo que es apartarse de mí. Yo, Yahveh, he hablado. Eso es lo que haré con toda esta comunidad perversa, amotinada contra mí. En este desierto no quedará uno: en él han de morir“.


San Pablo intenta, por todos los medios, que esto no les suceda a los cristianos de Corinto ni nos suceda a nosotros. Pablo insiste en que las cosas que vivió Israel en el desierto son figura para nosotros, que hemos llegado a la plenitud de los tiempos. Todo ha quedado escrito en las Escrituras de Israel para que nos tomemos en serio el llegar a ser del agrado de Dios. 


El final de esta página de la Carta es extraordinariamente consolador:


Así pues, el que crea estar en pie, mire no caiga. No habéis sufrido tentación superior a la medida humana. Y fiel es Dios que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas. Antes bien, con la tentación os dará modo de poderla resistir con éxito. Por eso, queridos, huid de la idolatría.


Hay que vivir vigilantes para no caer. Vigilantes pero no angustiados, porque Dios es fiel al amor que nos tiene. Todo lo demás nos puede fallar, y el cielo y la tierra pasarán, pero el amor de Dios permanece para siempre. Y, porque Dios es fiel al amor que nos tiene, no consentirá que suframos tentación superior a la medida humana, no permitirá que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas. Dios nos dará el modo de poder vencer toda tentación. Así, cada tentación nos dará la oportunidad de manifestarle a Dios nuestra fidelidad a su amor. La clave es que las tentaciones no sean buscadas. Es lo que el Apóstol termina diciéndonos: Por eso, queridos, huid de la idolatría.



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