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El encuentro con Leví

Meditación sobre Mc 2,13-17


Estamos en Cafarnaúm, ciudad privilegiada en la que Jesús estableció su residencia cuando comenzó a proclamar la Buena Nueva de Dios:


Salió de nuevo por la orilla del mar; toda la gente acudía a Él, y Él les enseñaba. Al pasar vio a Leví, el de Alfeo, sentado en el despacho de impuestos, y le dice: “Sígueme”. Él se levantó y lo siguió.


Jesús que enseña y Jesús que pasa y, al pasar, ve e invita. Y la palabra –una sola– de Jesús llega al corazón de Leví, y le revela que seguir al Señor es lo único que puede llenar de sentido su vida y abrirla a la eternidad. Con Jesús todo es sencillo, todo tiene el vigor de lo definitivo. 

   ¿Qué hubiese sido de este hombre si se hubiera quedado sentado en su oficinita? No es difícil imaginarlo. Pero escuchó la palabra de Jesús y, a partir de ese día, su vida fue alucinante: miembro del grupo de los Doce, convivió íntimamente con Jesús y estuvo presente en los grandes acontecimientos de la Redención; luego, el Señor lo envió a llevar el Evangelio de Dios al mundo. 


Leví fue un hombre de palabra y siguió a Jesús por los caminos de Galilea hasta Jerusalén. Y en el Cenáculo, cuando ya Judas había salido a la noche para entregar a Jesús, oyó al Señor decirles a los que habían permanecido fieles: 


“Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros. Vosotros me buscaréis y, lo mismo que les dije a los judíos que adonde Yo voy vosotros no podéis venir, os digo también ahora a vosotros”.


Le daría un vuelco el corazón; pensaría: ¿conque aquí termina todo? ¿todo ha sido una ilusión? Y ahora, ¿qué va a ser de nosotros? Pero no, allí no terminaba todo. El Señor les tranquiliza:


“No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios; creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo para que donde esté Yo estéis también vosotros”.


Entonces comprendió Leví que el «sígueme» que Jesús le dirigió tiempo atrás en Cafarnaúm fue completamente definitivo; que en esa palabra estaba contenida su vida: seguir a Jesús hasta la casa del Padre para estar con Él para siempre. Y comprendió también que en esa única palabra se condensa el misterio de la Redención: para invitarnos a seguirle se ha hecho hombre el Hijo de Dios; y para que podamos seguirle ha abierto los caminos de la tierra. Ahora todos los caminos –trabajo, familia, etc.– en los que encontremos las huellas de las pisadas de Jesús son caminos divinos en la tierra. Ésta es toda la moral cristiana.


La llamada transforma a Leví de recaudador de impuestos en apóstol de Jesucristo. Así le manifiesta su agradecimiento:


Ya en su casa, estando a la mesa, se sentaron con Jesús y sus discípulos muchos publicanos y pecadores, porque eran muchos los que le seguían. Los escribas de los fariseos, al ver que comía con pecadores y publicanos, empezaron a decir a sus discípulos: “¿Por qué come con publicanos y pecadores?” Lo oyó Jesús y les dijo: “No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores”.


Una vez más Jesús se desentiende de las prescripciones de pureza legal, que son tradiciones de hombres y no verdadera religión. Y Cristo Jesús, que ha venido al mundo a hacer la voluntad de su Padre Dios, no les presta la menor atención. Seguir a Jesús es extraordinariamente liberador: nos lleva a obedecer a Dios y a nadie más. 


El Hijo de Dios ha venido al mundo a llamar a los pecadores. A liberarnos del poder del pecado y de la muerte y reconciliarnos con Dios, dándonos el poder de llegar a ser sus hijos. Y, como se ve en la llamada a Leví, a hacernos sus colaboradores en la obra de la reconciliación. San Pablo lo expresa con fuerza:


Y todo proviene de Dios, que nos reconcilió con Él por medio de Cristo y nos confirió el ministerio de la reconciliación. Porque en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino poniendo en nosotros la palabra de la reconciliación. Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios! A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en Él.


Jesús está invitando a esos escribas a comportarse como miembros del Israel fiel, el pueblo que Dios eligió para revelar al mundo el misterio de su Misericordia. 


Excursus: «Sígueme»


San Marcos nos va a contar un poco más adelante  el encuentro de Jesús con un hombre que corrió a su encuentro y, arrodillándose ante Él, le preguntó por la vida eterna. Éste encuentro termina de un modo muy triste:


Jesús, fijando en él su mirada, le amó y le dijo: “Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme”. Pero él, abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes. 


¿Por qué fue tan eficaz el «sígueme» que Jesús dirigió a Leví y no lo fue la invitación a este hombre? La clave nos la da el Señor en la conversación con los judíos en la sinagoga de Cafarnaúm. Ante las dificultades que tienen para aceptar sus palabras, Jesús les revela:

Es el escándalo que produce la humanidad de Jesús; el salto –insalvable para la ciencia humana– entre lo que Cristo dice de sí mismo y lo que aquellos hombres conocen de Él. Y no hay sabiduría que pueda superar esa distancia infinita. Por eso las palabras de Jesús: 


Jesús les respondió: “No murmuréis entre vosotros. Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae; y Yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: «Serán todos enseñados por Dios». Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí”.


No hay ciencia humana que pueda superar la distancia infinita entre Jesús de Nazaret y el Hijo único de Dios. Al Hijo que el Padre nos ha enviado sólo se puede ir si el Padre nos lleva hacia Él –atracción, no violencia–. Sus palabras sólo pueden ser aceptadas si escuchamos al Padre y aprendemos de Él. La fe en Jesucristo es la obra de Dios en nosotros. Cuando Levi, ante la invitación de Jesús se levanta y le sigue, es porque llevaba tiempo dejando obrar a Dios Padre en su alma. Estaba esperando el encuentro con el Señor.



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