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Yo no conozco a ese hombre

Meditación sobre Mc 14,26-31;66-72


Después de la institución de la Eucaristía, el evangelista nos dice:


Y cantados los himnos, salieron hacia el monte de los Olivos. Jesús les dice: “Todos os vais a escandalizar, ya que está escrito: «Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas». Pero, después de que haya resucitado, iré delante de vosotros a Galilea”. 


A lo largo de los evangelios Jesús va dejando claro constantemente que Él encuentra los rasgos fuertes de su vida en las Escrituras de Israel, que no obra por propia iniciativa, que para Él obedecer las Escrituras es llevar a cabo la obra que el Padre le ha encomendado realizar. 

   Pero sus apóstoles están en otro mundo; es como si para ellos las Escrituras que Jesús cita –en este caso el profeta Zacarías–, no significasen nada. Ellos se mueven por los afectos y los sentimientos, no por la obediencia al Dios de Israel ni por la fe en Jesucristo. 

   Con las palabras del profeta Zacarías, Jesús les anuncia la prueba a la que va a ser sometida su fe. Lo definitivo del anuncio es la segunda parte, que es la que llena de esperanza el corazón: Jesús resucitará, e irá delante de ellos a Galilea. Realmente Jesús es el Buen Pastor.


Interviene Pedro, que parece que solo ha escuchado las primeras palabras de Jesús:


Pedro le dijo: “Aunque todos se escandalicen, yo no”. Jesús le responde: “En verdad te digo que tú, hoy, esta misma noche, antes de que cante el gallo dos veces, me habrás negado tres”. Pero él insistió: ”Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré”. Lo mismo decían también todos.


Qué hora tan dolorosa. Jesús se dirige, por obediencia a su Padre, al encuentro con la Cruz; sobre el madero llevará nuestros pecados en su cuerpo para reconciliarnos con Dios. Está actuando como el buen pastor que va en busca de la oveja perdida –que somos todos–. Ya nos ha revelado que el perdón tendrá la última palabra, y que nos encontraremos con Él una vez que haya resucitado. Y en este ambiente tan emocionante y conmovedor, nos encontramos con la intervención de Pedro. Cómo desentona. 

   La personalidad de Pedro se pone de manifiesto en su indignada réplica, que rebosa una seguridad que no tiene. Por eso la experiencia que vivirá pocas horas después. Qué pena el modo como Pedro trata a Jesús. Desde luego se hace acreedor de las palabras –durísimas– que Jesús le dirige. Ahora todo dependerá del comportamiento de Pedro.


En Getsemaní, después de la oración, Jesús busca a sus discípulos:

Viene entonces y los encuentra dormidos; y dice a Pedro: “Simón, ¿duermes?, ¿ni una hora has podido velar? Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil”.

¿A qué tentación se refiere Jesús? Me parece que es la que Él ha experimentado: rechazar la voluntad del Padre. Una tentación que solo se puede vencer con la oración y la vigilia de espíritu. Pedro no escucha a Jesús. Me parece que no entiende lo que está en juego en las horas que están viviendo; y, cuando, muy poco después, niegue a Jesús, estará cayendo en la tentación de rechazar la voluntad del Padre que nos lo ha enviado. 


Cuando detienen al Señor en Getsemaní, y lo llevan ante el sumo sacerdote, San Marcos nos dice que Pedro siguió de lejos a Jesús y se quedó abajo en el patio, sentado con los criados, calentándose al fuego. 


Estando Pedro abajo en el patio llega una de las criadas del Sumo Sacerdote y, al ver a Pedro calentándose, le mira atentamente y le dice: “También tú estabas con Jesús de Nazaret”. Pero él lo negó: “Ni sé ni entiendo qué dices”, y salió afuera, al portal, y cantó un gallo. Le vio la criada y otra vez se puso a decir a los que estaban allí: “Éste es uno de ellos”. Pero él lo negaba de nuevo. Poco después, los que estaban allí volvieron a decir a Pedro: “Ciertamente eres de ellos, pues además eres galileo”. Pero él se puso a echar imprecaciones y a jurar: “¡Yo no conozco a ese hombre de quien habláis!” Inmediatamente cantó un gallo por segunda vez. Y Pedro recordó lo que le había dicho Jesús: “Antes que el gallo cante dos veces, me habrás negado tres”. Y rompió a llorar.


Qué misterio el de Pedro; tres veces ha podido confesar su fe en Jesús en aquella noche tremenda en la que todos le abandonan, y tres veces lo ha negado. Pedro ha confiado en sus propias fuerzas y, ante el poder del mal, las fuerzas de un hombre no valen nada. 

   Se cumple la profecía de Jesús. La progresión de las negaciones –cuajadas de mentiras– culmina en esa terrible tercera negación en la que, entre imprecaciones y juramentos, Pedro afirmó: “¡Yo no conozco a ese hombre de quien habláis!”. Entonces cantó el gallo por segunda vez. Pedro recordó lo que le había dicho Jesús: “Antes que el gallo cante dos veces, me habrás negado tres”. Y rompió a llorar. 

   Son lágrimas de arrepentimiento. Al recordar las palabras de Jesús, Pedro ha comprendido que son una invitación a la conversión, que son palabras portadoras del perdón, palabras que brotan del corazón de Dios Padre rico en misericordia. Con Jesús siempre es así. Las lágrimas de Pedro expresan todo esto, expresan que ha comprendido a Jesús; son el lenguaje de un corazón arrepentido que ha penetrado en el misterio del perdón de Cristo.

   La palabra del Señor parecía cerrada: el gallo ha cantado dos veces y, entremedias, Pedro ha negado tres veces a Jesús. Parece una palabra cerrada, pero no lo es. Las palabras de Cristo, por muy duras que suenen, están siempre abiertas a la conversión. Pedro nos enseña el modo de entrar en las palabras de Jesús: llorar amargamente; que es el único modo de acoger la misericordia de Dios, manifestarle el arrepentimiento, y dejarle reconciliarnos con Él.



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