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Mi casa será casa de oración

 Meditación sobre Lc 19,45-48


En lo que muchos consideran el comienzo de la tercera parte del libro de Isaías, escuchamos un oráculo que expresa el sentido y el valor que el Templo de Jerusalén tiene a los ojos del Dios de Israel. Las palabras del Señor dejan claro que los lazos para formar parte de la comunidad de su pueblo ya no serán estrictamente los de la sangre; lo esencial será el amor a Dios y la obediencia a su Alianza.


Porque esto dice el Señor: 

“En cuanto a los extranjeros adheridos a Yahveh para su ministerio, para amar el nombre de Yahveh, y para ser sus siervos, a todo aquel que guarda el sábado sin profanarlo y a los que se mantienen firmes en mi alianza, Yo les traeré a mi monte santo y les alegraré en mi casa de oración. Sus holocaustos y sacrificios serán gratos sobre mi altar. Porque mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos”.


Qué palabras tan preciosas. El Dios de Israel se refiere al Templo con el título: «mi casa de oración»; y especifica que no se refiere solo al pueblo de Israel, sino a todos los pueblos: Porque mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos

   La condición para que un extranjero –como nosotros– pueda ver en el Santuario de Jerusalén su casa de oración es el amor a Dios y la obediencia. El Señor lo específica de diversas maneras: servir a Dios, amar el Nombre de Yahveh, guardar el sábado, mantenerse firmes en su alianza. Entonces el Señor nos llevará a su monte santo, nos alegrará en su casa de oración, y acogerá todo lo que ofrezcamos sobre su altar. Nuestra vida entera, nuestra vida ordinaria, queda transformada en un sacrificio que Dios acoge con agrado. 


Éste es el designio de Dios para su Templo, pero lo que Jesús vio en él fue muy distinto. San Lucas lo cuenta así:


Entrando en el Templo, comenzó a echar fuera a los que vendían, diciéndoles: 

“Está escrito: 

«Mi casa será casa de oración». 

Pero vosotros la habéis convertido en una cueva de ladrones.” 


Ese día debió de ser especialmente triste para el Señor. Jesús vive siempre bajo la sombra de la Cruz –también los años de Nazaret–, pero los evangelios nos han dejado el testimonio de algunos días que debieron ser especialmente dolorosos para Él. Me parece que éste es uno de ellos. Ver convertida en cueva de ladrones la Casa de su Padre debió ser muy duro para su corazón. El evangelista nos acaba de decir que, cuando se acercaba a Jerusalén, 

al ver la ciudad, lloró por ella, diciendo: 

“¡Si conocieras también tú en este día lo que te lleva a la paz!” 

Esas lágrimas me parece que expresan los sentimientos del corazón de Jesús al entrar en el Templo. 


El relato continúa:


Enseñaba todos los días en el Templo. Por su parte, los sumos sacerdotes, los escribas y también los notables del pueblo buscaban matarle, pero no encontraban qué podrían hacer, porque todo el pueblo le oía pendiente de sus labios.


Qué dignidad tan inaudita tiene el Santuario de Jerusalén. Jesús, que es la Palabra consustancial al Padre, enseñaba todos los días en el Templo. Esa es la vida de Jesús: enseñar; solo Él puede hacerlo, porque solo el Hijo conoce al Padre y nos lo puede revelar. De esa enseñanza de Jesús vivimos; y no hay vida eterna en ninguna otra enseñanza. 

   Los cristianos de todos los siglos pertenecemos a ese pueblo que vive oyendo al Señor; pendientes de sus labios. Se puede decir que aquí está lo esencial del cristianismo: vivir pendiente de la enseñanza que brota de los labios del Verbo de Dios Encarnado. Esto es la vida de la Iglesia. 

   Cuando resuenan en sus atrios las palabras de Jesucristo, el Templo de Jerusalén ha cumplido su misión. Y, aunque poco después será destruído por los romanos, esas palabras que Jesús pronunció en ese Santuario seguirán resonando, vivas y eficaces, en el mundo entero. Para gloria de su Padre Dios y para la salvación de los hombres. 


En el comportamiento de los sumos sacerdotes, los escribas y los notables del pueblo, no nos vamos a detener. Es tan doloroso. Buscan matar al que es la vida y ha venido al mundo a traernos la vida que recibe del Padre, a darnos la vida eterna de los hijos de Dios.


Realmente es asombroso hasta dónde podemos llegar los hombres: convertir la Casa de Dios en una cueva de ladrones y buscar matar al que es el Hijo de Dios. Es muy conveniente meditar el Evangelio para aprender a conocernos, para no fiarnos de nosotros mismos, para escuchar al Señor que, en Getsemaní, le dijo a Pedro –al que encontró dormido–: 

Simón, ¿duermes?, ¿ni una hora has podido velar? Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil”.



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