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Tres invitaciones a la conversión

Meditación sobre Lc 12,54-13,5

Nos dice San Marcos que Jesús comenzó sus años de la vida pública con una revelación y una invitación:

Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva”.

Solo Jesús nos puede revelar que el tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca, porque el tiempo al que se refiere el Señor se cumple con su venida, y Él trae el Reino de Dios. Solo Jesús nos puede invitar a la conversión y a la fe en el Evangelio, porque Él es la Buena Nueva. Hasta que el Padre nos envió a su Hijo, nada era realmente bueno ni realmente nuevo, porque todo estaba marcado con el sello de la muerte eterna.

Con este horizonte escuchamos las palabras que Jesús nos dirige algún tiempo después:

Decía a las multitudes: “Cuando veis que sale una nube por el poniente, enseguida decís: «Va a llover», y así sucede. Y cuando sopla el sur, decís: «Viene bochorno», y también sucede. ¡Hipócritas! Sabéis interpretar el aspecto del cielo y de la tierra: entonces, ¿cómo es que no sabéis interpretar este tiempo? ¿Por qué no sabéis descubrir por vosotros mismos lo que es justo?”

La capacidad que Dios ha dado al hombre de conocer los cambios del tiempo y el aspecto del cielo y de la tierra se ordena a conocer que, con la llegada de Cristo Jesús, el tiempo de la Redención se ha cumplido y el Juicio de Dios está cerca; que el tiempo en este mundo es tiempo para preparar ese juicio; tiempo para convertirse y creer en la Buena Nueva.

   A partir de que sepan –y sepamos nosotros– interpretar el tiempo en el que viven, el tiempo en el que el Redentor está en medio de ellos, en el que pueden oír sus palabras y contemplar sus obras, sabrán descubrir, por ellos mismos, lo que es justo. Así podrán, con el espíritu de conversión y de penitencia, llegar a ser justos ante Dios. Para eso nos ha dado Dios la capacidad de interpretar los tiempos y los momento de cada cosa bajo el cielo porque, como nos dice San Pablo en la segunda Carta a los Corintios,

Es necesario que todos nosotros seamos puestos al descubierto ante el tribunal de Cristo, para que cada cual reciba conforme a lo que hizo durante su vida mortal, el bien o el mal.

A continuación el Señor nos dice:

“Cuando vayas con tu adversario al magistrado, procura ponerte de acuerdo con él en el camino, no sea que te obligue a ir al juez, y el juez te entregue al alguacil, y el alguacil te meta en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que pagues el último céntimo”.

El sentido del tiempo de nuestra vida, nos dice Jesús, es que, cuando nos presentemos ante el juez estemos en paz con todo el mundo. Que no tengamos adversarios porque hemos aprovechado el tiempo para reconciliarnos con todos nuestros adversarios.

   El Señor nos dice que es seguro que nos presentaremos ante el juez para rendir cuentas de nuestra vida. Quizá terminemos en la cárcel. Y Jesús nos dice: “Te aseguro que no saldrás de allí hasta que pagues el último céntimo”. Como siempre que escuchamos a Jesús, las cosas no pueden ser más claras. Ahora todo depende de la libertad de cada uno para aprovechar el tiempo que Dios le dé en esta tierra porque, aquí o en la cárcel, hay que saldar toda la deuda.

Como ya nos ha dicho el Señor, tenemos que buscar la justicia y aprender a hacer el bien por nosotros mismos. Porque en esta vida hay que aprender a interpretar el tiempo; la vida es camino, tiempo para ponerse de acuerdo con cualquier adversario que tengamos para que no nos obligue a ir al juez. Porque de la cárcel no saldremos hasta que saldemos completamente la cuenta. Por eso lo propio del hombre sabio es buscar la justicia, descubrir por nosotros mismos lo que es justo, y aprender a vivirlo.

La tercera llamada a la conversión debió producir una sorpresa grande entre los que escucharon a Jesús:

En aquel mismo momento llegaron algunos que le contaron lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios. Les respondió Jesús: “¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo. O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé matándolos, ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo”.

Meditando el Evangelio se aprende a mirar los acontecimientos con los ojos de Cristo. Jesús no es un profesor de moral o cosa parecida; Él se mueve en el horizonte escatológico, en el horizonte de la salvación o de la condenación. Aquí nos está revelando la realidad profunda de la comunión en el mal: todos somos pecadores y, por eso, víctimas de los pecados de otros; como otros lo son de los nuestros. La enseñanza es clara: los oyentes de Jesús han merecido, por sus propios pecados, una suerte semejante a la de los hombres muertos por Pilato o por el hundimiento de la torre; y perecerán del mismo modo si no atienden la llamada del Señor a la conversión.

   La comunión en el mal nos introduce en la comunión en el pecado y en el castigo. Jesús nos dice: estas desgracias son una advertencia y una invitación dirigida a todos. Todos estáis bajo el poder de la muerte y necesitados de conversión. En Jesucristo, Dios se revela siempre como Salvador. Jesús nos enseña a ver la realidad en toda su verdad y dramatismo.

   Los consejos de Jesús se ordenan a la Redención. Son escatológicos. De ese carácter participan todos los acontecimientos cuando son contemplados por Jesús. No hay cosas indiferentes de cara a la vida eterna. El pecado del origen ha grabado profundamente su sello en todos los ámbitos de la Creación. Por eso la continua necesidad de la conversión y de la penitencia porque, si no, todos pereceremos del mismo modo.

Con estas sencillas comparaciones, que enseñanza tan admirables nos deja Jesús en esta triple invitación a la conversión. Cuánto se lo tenemos que agradecer.


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