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Lo que Dios unió, no lo separe el hombre

Meditación sobre Mc 10,1-12


Los Profetas de Israel presentan la Alianza del Sinaí como una Alianza Esponsal. Así, por ejemplo, en el libro del profeta Oseas, Dios dirige a su pueblo unas palabras profundamente reveladoras de su relación con ellos:


“Yo te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia y en derecho, en amor y en compasión; te desposaré conmigo en fidelidad, y tú conocerás a Yahveh”.


Israel conocerá a su Dios cuando lo conozca como el Esposo fiel. Es como conocen los israelitas fieles, el pueblo humilde y pobre que ha puesto en Dios su confianza. Con estos hombres y mujeres que conocen a su Dios nos encontramos en el admirable libro de Tobías, y en el Evangelio de la Infancia de San Lucas. Con este horizonte escuchamos a San Marcos:


Y levantándose de allí va a la región de Judea, y al otro lado del Jordán, y de nuevo vino la gente donde Él y, como acostumbraba, les enseñaba. 


Jesús ha dejado definitivamente Cafarnaúm, y aprovecha el poco tiempo que le queda de vida en esta tierra para enseñar a las gentes. Para eso ha sido enviado. Los que ahora se acercan a Él lo hacen con intención innoble. A Jesús le da igual. Aprovecha la pregunta para dejarnos una enseñanza decisiva:


Se acercaron unos fariseos que, para ponerle a prueba, preguntaban: “¿Puede el marido repudiar a la mujer?” Él les respondió: “¿Qué os prescribió Moisés?” Ellos le dijeron: ”Moisés permitió escribir el acta de divorcio y repudiarla”. Jesús les dijo: “Teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón escribió para vosotros este precepto. Pero desde el comienzo de la creación, Él los hizo varón y hembra. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y los dos se harán una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre”. 

   Y ya en casa, los discípulos le volvían a preguntar sobre esto. Él les dijo: “Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio”.


Cierto día, hablando en la sinagoga de Cafarnaúm, Jesús reveló:


“No es que alguien haya visto al Padre; sino aquel que ha venido de Dios, ése ha visto al Padre”.


Solo Jesús ha visto al Padre; solo Él nos puede revelar lo que en las Escrituras de Israel responde a la voluntad del Padre. Y aquí nos deja claro que es la unidad del matrimonio lo que responde al designio de Dios; que es el mismo Dios el que une al varón y a la mujer en una sola carne. Ese designio lo ha grabado Dios profundamente en la Creación. Y con tal fuerza en la Alianza del Sinaí, que los Profetas de Israel recurren al lenguaje esponsal para expresar la fidelidad del amor de Dios por su pueblo. Por eso, todo lo que diga divorcio, adulterio, o poligamia en la vida de Israel es fruto de la dureza del corazón del hombre. Aunque esté escrito por Moisés y aunque lo hayan vivido los Patriarcas, los Jueces, y los Reyes de Israel. 

   Jesús conoce al hombre, y sabe que lo que se opone al designio de Dios, lo que niega la libertad del Creador, lo que impide al hombre amar la voluntad de Dios, es la dureza del corazón. Por eso para acoger estas admirables palabras de Jesús sobre el matrimonio hay que empezar por la conversión del corazón. 


Desde el pecado del origen, que transformó el corazón del hombre y lo hizo duro como la piedra, la Creación estaba esperando que resonase esta palabra de Jesús. El día que la pronunció fue un día grande para la humanidad. Ahora todo corazón noble conoce la dignidad de la comunión entre los esposos, más profunda que la comunidad de la sangre.


Jesús es el Redentor. No habla como un maestro de sabiduría o un reformador social. Habla como el Redentor. Detrás de sus palabras está el misterio de la Cruz, a cuyo encuentro se encamina. San Pablo, en la Carta a los Efesios lo explica admirablemente: 


Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada. Así deben amar los maridos a sus mujeres como a sus propios cuerpos. El que ama a su mujer se ama a sí mismo. Porque nadie aborreció jamás su propia carne; antes bien, la alimenta y la cuida con cariño, lo mismo que Cristo a la Iglesia, pues somos miembros de su Cuerpo. “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne”. Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia.


El matrimonio solo puede entenderse plenamente, y vivirse, a la luz del amor de Cristo por su Iglesia. Con el amor a su Iglesia –que le lleva a entregarse a sí mismo por Ella–, Jesús pone el sello definitivo al misterio del matrimonio. La historia de la Iglesia es testimonio de la asombrosa santidad que ha brotado de esa fuente inagotable que es el matrimonio cristiano. Y el matrimonio cristiano da testimonio del amor de Jesús por la Iglesia.



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