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Éste es mi Hijo amado; escuchadle

Meditación sobre Mc 9,1-13


Estamos en la zona de Cesarea de Filipo. Jesús ha comenzado a enseñar a sus discípulos que se encamina a su Hora, y deja claro que la última palabra la tendrá la vida:


Les decía también: “Yo os aseguro que entre los aquí presentes hay algunos que no gustarán la muerte hasta que vean venir con poder el Reino de Dios”. 


Verán venir con poder el Reino de Dios: verán al Señor Resucitado, la Ascensión, la venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés, y la asombrosa expansión del Evangelio que nos relata el libro de los Hechos de los Apóstoles. Jesús no engaña; la Transfiguración es un anticipo:


Seis días después, Jesús se llevó con Él a Pedro, a Santiago y a Juan, y los condujo, a ellos solos aparte, a un monte alto y se transfiguró ante ellos. Sus vestidos se volvieron deslumbrantes y muy blancos; tanto, que ningún batanero en la tierra puede dejarlos así de blancos. Y se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús. Pedro, tomando la palabra, le dice a Jesús: “Maestro, qué bien estamos aquí; hagamos tres tiendas: una para Ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Pues no sabía lo que decía, porque estaban llenos de temor. Entonces se formó una nube que los cubrió y se oyó una voz desde la nube: “Éste es mi Hijo amado; escuchadle”. Y luego, mirando a su alrededor, ya no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos.


Israel, representado por Elías y Moisés, ha cumplido su misión. Jesús, que resplandece con la gloria de su divinidad, acoge los tesoros de Israel. Nada se pierde, nada queda atrás. Y en la Iglesia de Jesucristo, estos que el Israel fiel recibió de manos de Dios y conservó durante siglos, adquirirán una nueva luz.


Es la segunda vez que la voz del cielo revela quién es Jesús. Primero lo hizo junto al Jordán: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”. Ahora se dirige a nosotros: “Éste es mi Hijo amado; escuchadle”


En la Sinagoga de Cafarnaúm Jesús dice a los judíos:


“Nadie puede venir a mí si el Padre que me ha enviado no lo atrae; y Yo le resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: «Serán todos enseñados por Dios». Todo el que escucha al Padre y aprende viene a mí”.


El que escucha al Padre y aprende conoce que Jesús es el Hijo amado del Padre, en el que el Padre se complace, al que el Padre nos pide que escuchemos. Y va a Jesús. Tendremos la misma experiencia de esos tres apóstoles que, luego, mirando a su alrededor, ya no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos. Solo Jesús cuenta en nuestra vida. Solo Jesús puede introducirnos en la voz que se oye desde la nube, trasplantarnos al amor con el que el Padre le ama a Él, darnos el poder de llegar a ser hijos de Dios.


El horizonte de este acontecimiento es la Resurrección: 


Y cuando bajaban del monte les ordenó que no contasen a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos. Ellos observaron esta recomendación, discutiendo entre sí qué era eso de resucitar de entre los muertos. 


Los discípulos tienen que aprender a guardar en el corazón lo que ven y escuchan. Los discípulos tienen que aprender a vivir como la Madre de Jesús, que lo guardaba todo y lo meditaba en el corazón; y tienen que aprender de Ella a moverse con paciencia dentro del plan de Dios. Ya llegará la hora de dar testimonio de lo que han visto y oído. Entonces su testimonio tendrá la riqueza de lo meditado en la oración personal. Así lo recordará San Pedro en la segunda de sus Cartas:


Os hemos dado a conocer el poder y la Venida de nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino después de haber visto con nuestros propios ojos su majestad. Porque recibió de Dios Padre honor y gloria, cuando la sublime Gloria le dirigió esta voz: «Éste es mi Hijo muy amado en quien me complazco». Nosotros mismos escuchamos esta voz, venida del cielo, estando con Él en el monte santo.


La autoridad apostólica sobre la condición divina de Jesús no se basa en «fábulas ingeniosas», sino en ser testigos oculares de la revelación de Dios en el Tabor. La Transfiguración de Jesucristo es garantía de la verdad de la Parusía –la Venida definitiva de Cristo, que algunos negaban. En el monte el Señor dejó entrever su divinidad brevemente; al final de los tiempos se manifestará en plenitud y para siempre.


Es la segunda vez en pocos días que Jesús alude a resucitar de entre los muertos. Quizá eso orienta el pensamiento de los discípulos al precursor del Mesías:


Y le preguntaban: “¿Por qué dicen los escribas que Elías debe venir primero?” Él les contestó: “Elías vendrá primero y restablecerá todo; pero, ¿no está escrito del Hijo del Hombre que habrá de padecer mucho y que será despreciado? Pues bien, Yo os digo: Elías ha venido ya y han hecho con él cuanto han querido, según estaba escrito de él”.


Elías, el anunciado como el precursor del Mesías, ha venido en la persona de Juan Bautista, pero las autoridades de Israel no han acogido su mensaje. Así han hecho, libremente, que se cumpliera el designio de Dios –según estaba escrito–. Por eso la referencia al martirio del Bautista y a la Pasión del Hijo del Hombre.


Quizá la clara referencia que Jesús hace a la Cruz tenga que ver con la esperanza que el Padre tiene puesta en nosotros cuando nos dice: “Escuchadle”. La Cruz es la palabra en la que Jesucristo nos revela plenamente el amor que Dios nos tiene. Por eso la Cruz pone su sello a toda otra palabra de Cristo. Y pone su sello a la predicación de la Iglesia. San Pablo lo entendió claramente, como les escribe a los Corintios:


Porque no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el Evangelio. Y no con palabras sabias, para no desvirtuar la cruz de Cristo. Pues la predicación de la Cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan –para nosotros– es fuerza de Dios. (...) Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres.


Cristo Jesús, el Hijo amado del Padre, el Crucificado, es la fuerza de Dios y la sabiduría de Dios. Esa es la revelación de la Transfiguración. Sólo a Él hay que escuchar. Sólo sus palabras hay que guardarlas en el corazón y vivirlas.



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