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Conviene que muera un hombre

Meditación sobre Jn 11,46-57


Después de la jornada en Betania, donde Jesús ha revelado que la gloria de Dios es la vida del hombre, el evangelista nos lleva ahora a Jerusalén. Va a ser un día triste de esta ciudad que tanta importancia ha tenido en la primera Alianza. Todo comienza con algunos testigos de lo sucedido en Betania. San Juan había terminado diciendo: Muchos de los judíos que habían venido a casa de María, viendo lo que había hecho, creyeron en Él. Y continúa:


Pero algunos de ellos fueron donde los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús. Entonces los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron consejo y decían: “¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchas señales. Si le dejamos que siga así, todos creerán en él y vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación”. Pero uno de ellos, Caifás, que era el Sumo Sacerdote de aquel año, les dijo: “Vosotros no sabéis nada, ni caéis en la cuenta que os conviene que muera uno solo por el pueblo y no perezca toda la nación”. Esto no lo dijo por su propia cuenta, sino que, como era Sumo Sacerdote aquel año, profetizó que Jesús iba a morir por la nación; y no sólo por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos. Desde este día decidieron darle muerte. 


El Dios de Israel había anunciado por medio de los profetas que se reservaría un Resto: “Y dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre, el cual confiará en el nombre del Señor”. Estos sumos sacerdotes y fariseos no ponen en Dios su confianza. Algún tiempo atrás, Jesús había dicho a los judíos que lo perseguían por haber curado en sábado:


“Yo os conozco: no tenéis en vosotros el amor de Dios. Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viene en su propio nombre, a ése le recibiréis. ¿Cómo podéis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros, y no buscáis la gloria que viene del único Dios?”


No confían en el nombre del Señor; confían, como queda manifiesto por sus argumentos, en el poder de este mundo. Pero en el poder de este mundo no se puede confiar; cuarenta años después las legiones romanas arrasarán Jerusalén y el Templo.


Conviene que muera un hombre. Ésta es la lógica del poder de este mundo. Siempre. Desde el origen. Así lo cuenta el libro del Génesis cuando Dios, profundamente entristecido sabiendo lo que se estaba fraguando en el corazón de Caín, le pidió:


“¿Por qué andas irritado, y por qué se ha abatido tu rostro? ¿No es cierto que si obras bien podrás alzarlo? Mas, si no obras bien, a la puerta está el pecado acechando como fiera que te codicia, y a quien tienes que dominar”.


Caín no escuchó el ruego de Dios y mató a su hermano Abel. Desde aquel día, la sangre derramada de Abel da testimonio de la lógica del «conviene que muera un hombre»; ésta es la razón última de todo asesinato, aborto, bombardeo, etc. Lo demás es adorno. Y desde el día que Dios intentó convencer a Caín, y del modo que sólo el Espíritu Santo conoce, la voz de Dios resuena con fuerza en el corazón del hombre rogándole que no ceda a la lógica del pecado. En Jerusalén, con qué anhelo resonaría la voz del Padre en el corazón de Caifás y sus compañeros sabiendo que estaba en juego la vida de su Hijo Encarnado. Como en el caso de Abel, no sirvió de nada, y aquellos hombres decidieron derramar la Sangre de Cristo. Queda claro que el juicio del Sanedrín en la Pasión no será más que teatro. 


El evangelista le da el verdadero sentido a las palabras de Caifás: «conviene» porque responde al Designio Salvador de Dios, porque, como nos dice San Pedro en la primera de sus Cartas hablando de la muerte de Cristo:


Subiendo al madero, 

Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo, 

a fin de que, muertos a nuestros pecados vivamos para la justicia; 

y por sus llagas fuisteis sanados.


Por eso dice el evangelista que Caifás, como era Sumo Sacerdote aquel año, profetizó que Jesús iba a morir por la nación; y no sólo por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos. Qué lejos estaba el Sumo Sacerdote de aquel año de saber el verdadero sentido de sus palabras a la luz del plan de Dios.


Pero la terrible verdad queda: ese día, en Jerusalén, las autoridades religiosas del pueblo de la Alianza, decidieron dar muerte a Jesús, Cristo, el Hijo de Dios. Qué insondable abismo de maldad es el pecado. 


Lo que continúa ya no es más que tiempo de espera, que Jesús aprovecha para formar a sus discípulos:


Por eso Jesús no andaba ya en público entre los judíos, sino que se retiró de allí a la región cercana al desierto, a una ciudad llamada Efraím, y allí residía con sus discípulos. Estaba cerca la Pascua de los judíos, y muchos del país habían subido a Jerusalén, antes de la Pascua para purificarse. Buscaban a Jesús, y se decían unos a otros estando en el Templo: “¿Qué os parece? ¿Que no vendrá a la fiesta?” Los sumos sacerdotes y los fariseos habían dado órdenes de que, si alguno sabía dónde estaba, lo notificara para detenerlo.


Ya todo se ha hecho público.



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