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El signo del mar

Meditación sobre Jn 6,15-21


San Juan termina el relato de la multiplicación de los panes diciendo: Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo. Jesús sube al monte a estar a solas con su Padre. Las horas que allí pasa son horas de oración. Jesús vive desde el Padre, no desde sí mismo. En él todo brota de la oración: lo lleva todo a la oración y en la oración prepara los grandes acontecimientos de su obra salvadora.

   ¿Cuál fue el contenido de la oración de Jesús esa noche en el monte? Me parece que Jesús pide al Padre por sus apóstoles, para que acojan en la fe las importantes palabras de vida que les va a entregar al día siguiente en la sinagoga de Cafarnaúm y las lleven al mundo entero. Y pide al Padre por nosotros, los que aceptaremos el testimonio de los apóstoles y creeremos en Jesús. Está rogando por los que viviremos de la Eucaristía, y encontraremos en ella la comunión con Jesucristo y con el Padre. 


Terminada la oración, Jesús baja del monte al encuentro de sus discípulos. El evangelista nos deja ahora el testimonio de una señal que resulta extraña, pero que es un poderoso acontecimiento de revelación:


Al atardecer bajaron sus discípulos a la orilla del mar, y subiendo a una barca se dirigían al otro lado del mar, a Cafarnaúm. Había ya oscurecido y Jesús todavía no había venido donde ellos; soplaba un fuerte viento y el mar comenzó a encresparse. Cuando habían remado unos veinticinco o treinta estadios ven a Jesús que caminaba sobre el mar y se acercaba a la barca, y tuvieron miedo. Pero él les dijo: Yo soy, no temáis. Quisieron recogerle en la barca, pero enseguida la barca tocó tierra en el lugar a donde se dirigían.


El simbolismo: en mitad de la oscuridad de la noche, Jesús camina sobre el mar tormentoso. Según una antiquísima tradición, que tiene su origen en las cosmogonías sumerias, el mar tormentoso –personificado en Tiamat– es el símbolo de las potencias del caos que amenazan con sumergir la creación en las tinieblas de la muerte. Las Escrituras de Israel acogen este simbolismo, lo vacían de su carga mitológica, y lo emplean para expresar la soberanía y el poder de Dios: el mar, criatura suya, le obedece sin rechistar, se pone al servicio de la obra de salvación de Dios –como hizo el Mar Rojo– y, con toda la creación, entona la alabanza del Creador. Caminando sobre el mar Jesús manifiesta que ha recibido de Dios ese poder sobre las potencias que se oponen a su designio de vida.

   Cuando Jesús dice a sus discípulos, Yo soy, no temáis, ese “Yo soy” brota desde las profundidades de su vida divina, de su ser el Hijo de Dios que ha venido a salvarnos, a darnos la vida eterna. Por eso no hay que temer a las fuerzas del mal y de la muerte simbolizadas en la oscuridad, el fuerte viento, y el mar que comienza a encresparse. En fuerte contraste con las fuerzas de la muerte, al día siguiente, en la sinagoga de Cafarnaúm, Jesús hablará del pan de vida. Cuando los discípulos oigan decir al Señor: Yo soy el pan de vida y Yo soy el Pan vivo, comprenderán, al menos en cierta medida, el signo del pan y el signo del mar. Jesús no habla en sentido figurado; y respalda sus palabras con el poder que ha recibido de Dios.



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