Meditación sobre Mc 16,9–20
Marcos termina su Evangelio hablándonos de las dificultades que pusieron los discípulos de Jesús para aceptar que había resucitado.
Jesús resucitó en la madrugada, el primer día de la semana, y se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. Ella fue a comunicar la noticia a los que habían vivido con Él, que estaban tristes y llorosos. Ellos, al oír que vivía y que había sido visto por ella, no lo creyeron.
Después de esto se apareció, bajo otra figura, a dos de ellos cuando iban de camino a una aldea. Ellos volvieron a comunicárselo a los demás; pero tampoco creyeron a éstos.
Me parece que a nosotros nos cuesta entender el comportamiento de los Apóstoles porque vivimos sumergidos en el Misterio de la Resurrección de Jesucristo desde niños. Claro que es un Misterio insondable, pero es un Misterio en el que vivimos y que aceptamos sin grandes complicaciones. La situación de los once era muy diferente. La Resurrección de Jesús es una novedad absoluta. Nada tiene que ver con la vuelta a la vida de Lázaro, del hijo de la viuda de Naím y de la hija de Jairo. La Resurrección de Cristo es completamente inimaginable desde las Escrituras de Israel.
San Marcos continúa:
Por último, estando a la mesa los once discípulos, se les apareció y les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón, por no haber creído a quienes le habían visto resucitado.
Quizá este comportamiento de Jesús se deba a que el Señor llevaba tiempo anunciándoles el Misterio de su muerte y resurrección con toda claridad. La última vez lo hizo cuando se encaminaba ya al encuentro con la Cruz (Mt 10,32s):
Iban de camino subiendo a Jerusalén y Jesús marchaba delante de ellos; ellos estaban sorprendidos y los que le seguían tenían miedo. Tomó otra vez a los Doce y comenzó a decirles lo que le iba a suceder: “Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, y se burlarán de Él, le escupirán, le azotarán y le matarán; y a los tres días resucitará”.
Se ve que no lo comprendieron.
Y les dijo: “Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea se condenará”.
Jesús habla a su Iglesia, representada en aquella hora por los once discípulos. Una vez que el Evangelio ha sido predicado, la fe y la vida cristiana que de la fe se sigue es la clave de la salvación. Cada uno tiene que elegir.
Lo que Jesús encarga a sus discípulos es recorrer el mundo predicando para que toda criatura tenga la posibilidad de encontrarse con Él y salvarse. Esa es, desde hace dos mil años, la vida de la Iglesia. Qué fuerza tienen estas pocas palabras que Jesús dirige a un pequeño grupo de discípulos. De qué modo se han hecho vida.
La fe en Jesucristo se manifiesta en el bautismo y en todas las dimensiones de la vida. Ahora el Señor, refiriéndose al conjunto de la Iglesia, se va a detener en algunas señales de la fe. Estas son las últimas palabras de Jesús en este Evangelio:
“Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi Nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien”.
Estas señales ponen de relieve que la Iglesia es el Reino de Dios; que es el espacio en el que el Espíritu Santo lleva a plenitud el misterio de comunión que comenzó en Pentecostés; que tiene de Dios la inmunidad contra todo veneno –también los intelectuales, las ideologías, etc.–. Y que la Iglesia es el ámbito de la vida.
San Marcos termina su Evangelio:
Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios. Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban.
Este final nos dice quién es Jesús en el hoy de la historia: Él es el Kyrios, el Señor, que ha sido exaltado por Dios a su derecha; es el Señor que envía a sus discípulos a ir al mundo entero a predicar el Evangelio a toda criatura; y es el Señor que no de no abandona a su Iglesia, sino que colabora con sus discípulos confirmando su Palabra con señales. Estas señales que acompañan la predicación de la Palabra de Dios configuran la vida de la Iglesia y prueban la verdad y la santidad del Evangelio.
La Ascensión del Señor a los Cielos y el estar sentado a la derecha del Padre constituyen el sexto artículo de la Fe que recitamos en el Credo. Jesucristo, en su Humanidad, ha tomado eterna posesión de la gloria. Todo para la gloria de su Padre Dios y por nuestra salvación.
Jesucristo, Cabeza de la Iglesia, nos precede en el Reino de Dios. Nosotros, miembros de su cuerpo, vivimos en la esperanza de estar un día con Él eternamente. Así nos lo dice en la conclusión de las Cartas a las siete Iglesias de Asia:
Al vencedor le concederé sentarse conmigo en mi trono, como Yo también vencí y me senté con mi Padre en su Trono.
Jesús en brazos de su Madre; Jesús en la Cruz; Jesús sentado con su Padre en su Tono. Esas son las tres miradas que iluminan la vida del cristiano.
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