Meditación sobre Mt 13,44-53
Con la parábola del sembrador comienza la serie siete parábolas de Jesús sobre el Reino que Mateo ha agrupado en este capítulo de su Evangelio. Vamos a escuchar las tres últimas:
“El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel”.
Qué parábola tan sencilla y tan preciosa. El mensaje es bien sencillo: entrar en el Reino de los Cielos es el tesoro, el único y verdadero tesoro que el hombre puede conseguir en esta vida. Comparado con el Reino de los Cielos todo lo demás –éxito, riquezas, poder, placer, etc.– no vale nada. Y realmente no vale nada, porque lo que no sea llegar a pertenecer al Reino de los Cielos está marcado con el sello de la muerte eterna. Todo pasará.
De lo dicho se sigue que la única manera de conseguir el Reino de los Cielos es vender todo lo que se tiene para comprar el campo donde se encuentra escondido ese tesoro. Y el fruto de esa operación es la alegría. Una alegría que llegará a ser plena en la eternidad.
Jesús nos deja otra parábola:
“También es semejante el Reino de los Cielos a un mercader que anda buscando perlas finas, y que, al encontrar una perla de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra”.
Esta parábola, también sencilla y preciosa, es muy semejante a la anterior. Se diferencia en algunos matices: el tesoro habla de riqueza y la perla dice belleza; y el hombre que encuentra el tesoro lo encuentra por casualidad, mientras que el mercader encuentra la perla porque la anda buscando. Pero en lo esencial el mensaje que Jesús nos deja en las dos parábolas es el mismo: el Reino de los Cielos vale más que nada en el mundo, y para entrar en el Reino de los Cielos hay que vender todo lo que se tiene. No se puede comprar a menos precio.
El Reino de los Cielos es inseparable del Juicio. En la parábola del trigo y la cizaña ya Jesús había revelado con claridad el misterio del Juicio final. En esta parábola que vamos a escuchar, con la imagen de la red que se echa en el mar, ese misterio alcanza una claridad particular:
“También es semejante el Reino de los Cielos a una red que se echa en el mar y recoge peces de todas clases; y cuando está llena, la sacan a la orilla, se sientan, y recogen en cestos los buenos y tiran los malos. Así sucederá al fin del mundo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de entre los justos y los echarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes”.
De muy diversas maneras Jesús nos habla con mucha frecuencia del Juicio y del destino que el Juicio abre para toda la eternidad. Esta parábola lo expresa admirablemente. El Juicio separa a los hombres malos de entre los justos. No hay más categorías. Y el Juicio separa a los hombres entre los que serán echados en el horno de fuego, donde será el llanto y el rechinar de dientes, y los que brillarán como el sol en el Reino de su Padre. Solo estos dos destinos se abren a la eternidad.
Jesús nos habla con frecuencia del misterio del Juicio. Lo hace de diversos modos. Así Jesús nos revela las consecuencias del pecado del origen y la estructura profunda de la sociedad: está dividida entre buenos y malos, entre hijos del Reino e hijos del Maligno. El Juicio revela que Dios respeta nuestra libertad: lo que cada uno elija, eso tendrá. Hablándonos del Juicio Jesús nos invita a la conversión; nos revela que Dios tiene la esperanza de que lleguemos a pertenecer al Reino de los Cielos.
Termina el ciclo de parábolas del Reino que Mateo ha agrupado en este capítulo de su Evangelio. Ahora Jesús se dirige a sus discípulos:
“¿Habéis entendido todo esto?” Dícenle: “Sí”. Y Él les dijo: “Así, todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es semejante al dueño de una casa que saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo”.
Y sucedió que, cuando acabó Jesús estas parábolas, partió de allí.
Jesús les dice a sus discípulos que es fundamental que le entiendan. Si los discípulos entienden al Señor, se pueden convertir en los escribas del nuevo Israel. Si comprenden a Cristo, las cosas antiguas –la Ley de Moisés– y las cosas nuevas –la revelación que el Verbo de Dios nos ha traído– serán eficaces para su misión evangelizadora. A las almas bien dispuestas se les dará, además de la Antigua Alianza, la riqueza de la Nueva. El doctor judío que se ha hecho discípulo de Cristo, posee y administra toda esa riqueza.
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